En cualquier oficina, la llegada de un nuevo compañero inicia un ritual inevitable: chismes sobre edad, estado civil y habilidades. Aunque el trabajo no se deja de lado, la conversación siempre se centra en terceros, según relata Paloma Fabrykant en su columna para Clarín.
Esta tendencia, lejos de ser trivial, refleja una necesidad humana de llenar silencios. En sociedades no íntimas, los temas personales o políticos suelen evitar la tensión, dejando espacio para rumores y anécdotas. La pregunta surge: ¿para qué desarrollamos un lenguaje tan complejo si no es para conectar?
La historia del lenguaje es un tema de debate. Algunos lo vinculan a la necesidad de cazar en equipo, otros a la comunicación entre madres e hijos. Pero una teoría destacada, la del ‘parloteo y el despioje’, sugiere que el lenguaje nació para reemplazar el ritual de limpiar piojos entre primates, un acto social que también construía alianzas.
En el contexto laboral, los chismes no solo son cotidianos, sino esenciales. Aunque generan culpa por no ser productivos, su función social es crucial. Paloma Fabrykant subraya que estos intercambios, lejos de ser frívolos, son una herramienta de conexión que define la naturaleza humana.
Reflexionando, el lenguaje no solo permite expresar ideas, sino también forjar comunidades. En la oficina, como en la historia, el hablar de los demás no es un desperdicio: es el hilo invisible que nos une como seres sociales.

