La falta de sueño no solo nos deja exhaustos, sino que también afecta seriamente nuestra capacidad de atención, ralentiza el procesamiento de información y dificulta la formación de nuevos recuerdos. En el trajín de jornadas laborales extensas, turnos rotativos o períodos de estudio intensivo, este deterioro cognitivo suele aparecer mucho antes de que tengamos la oportunidad de recuperar las horas de descanso perdidas. Ante esta realidad, surge la necesidad de encontrar estrategias rápidas que nos permitan mantener el rendimiento mental.

En este contexto, un estudio reciente de la Universidad McGill, liderado por el profesor Marc Roig, puso bajo la lupa una pregunta clave: ¿qué recurso puede ofrecer un alivio efectivo cuando una siesta no es una opción y aún quedan muchas horas por delante sin dormir? La investigación comparó el impacto de una siesta con una breve sesión de actividad física en la memoria, después de un período de privación de sueño.

El experimento incluyó a 54 adultos sanos, de entre 18 y 35 años, quienes permanecieron despiertos durante 30 horas en un laboratorio. Luego de este exigente período, los participantes fueron divididos en tres grupos: uno realizó 20 minutos de ciclismo aeróbico intenso en bicicleta fija, otro durmió una siesta de 90 minutos, y el tercero se mantuvo sentado sin pedalear durante 20 minutos. Treinta minutos después de estas intervenciones, todos observaron 150 imágenes, y tres días más tarde se les realizó una prueba de reconocimiento para evaluar su capacidad de recordar.

Los resultados fueron sorprendentes: el grupo que hizo ejercicio obtuvo una tasa de aciertos en memoria muy similar a la del grupo que tomó la siesta. En comparación con el grupo de control, la tasa de reconocimiento fue un 21% más alta entre quienes pedalearon y un 23% más alta entre quienes durmieron. Si bien los que durmieron reportaron sentirse menos cansados en general, el ejercicio demostró una mejora concreta en la función cognitiva de formación de nuevos recuerdos, sin generar una fatiga adicional.

El profesor Roig aclaró que estos hallazgos no buscan reemplazar el sueño, cuya importancia es fundamental para la salud general. Sin embargo, sí introducen una alternativa valiosa y práctica para situaciones específicas donde el descanso inmediato es inviable. Madhura Lotlikar, autora principal del estudio, destacó que el ejercicio es una herramienta accesible, de bajo costo y fácil de implementar, ideal para preservar una capacidad cognitiva vital cuando el sueño es limitado.

Es importante entender que la siesta y el ejercicio actúan a través de mecanismos diferentes. Mientras la siesta reduce la «presión de sueño» acumulada, el ejercicio parece ayudar al cerebro a optimizar los recursos de atención y procesamiento de memoria que aún conserva. Por lo tanto, no se trata de sustituir el descanso, sino de contar con una estrategia efectiva para mantener la lucidez y la capacidad de aprendizaje en momentos de exigencia y privación de sueño.

Fuente original: Infobae