El Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) representa una situación dramática para quienes lo padecen, a menudo jóvenes que se sumergen en el aislamiento y mantienen sus compulsiones en secreto por vergüenza. Este trastorno, descrito como una «pesadilla constante», suele manifestarse por primera vez en la adolescencia y la juventud, según Aurora Gavino, catedrática emérita de Psicología de la Universidad de Málaga y miembro de la Academia de Psicología de España.
Con una prevalencia que ronda el 2,8% de la población, el TOC afecta tanto a hombres como a mujeres, aunque puede ser más problemático en estos últimos. Las señales de alarma que suelen motivar la búsqueda de ayuda profesional son comportamientos que resultan incomprensibles para el entorno, alejados de lo que se considera normal. La persona afectada es consciente de que sus compulsiones no son racionales, pero se ve incapaz de controlarlas.
La situación es particularmente delicada en el caso de los niños. Al no tener aún desarrollada la capacidad cognitiva de adolescentes y adultos, les cuesta comprender qué les sucede. Esto se traduce en estados emocionales alterados, como irritación o tristeza, que los padres a menudo atribuyen a causas evolutivas o a problemas externos, sin vincularlos con obsesiones o compulsiones. La detección temprana en esta etapa es crucial, pero la falta de comprensión dificulta el diagnóstico.
Una característica común en la mayoría de las personas con TOC es el intento de ocultar o disimular sus comportamientos. Este secretismo empieza desde la niñez, ya que los pequeños sienten que son diferentes y temen el rechazo. En la adolescencia, el estigma puede llevar a evitar la consulta profesional, ya que se asocia erróneamente con «estar loco», justo en una etapa vital donde la autoestima y la necesidad de socializar son primordiales.
Gavino subraya que, cuando un adulto busca tratamiento para el TOC, es muy probable que el trastorno haya comenzado años atrás, en su juventud o adolescencia. Por ello, la intervención temprana es fundamental para mitigar el impacto patológico de la enfermedad. Cuanto más tiempo transcurre sin tratamiento, más compleja se vuelve la terapia, ya que el TOC «invade» a la persona, comparándolo incluso con la progresión de un cáncer.
El objetivo del tratamiento no es necesariamente la eliminación total del TOC, sino permitir que la persona pueda llevar una vida cotidiana plena, gestionando las compulsiones residuales. El «drama» del TOC radica en que quienes lo padecen a menudo «renuncian a la vida», apartándose de su día a día a medida que las obsesiones y compulsiones se intensifican, llevando a un aislamiento progresivo y profundo.
Fuente original: Infobae



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