A medida que la expectativa de vida aumenta en nuestro país, la conversación ya no se centra solo en vivir más, sino en vivir mejor. La calidad de esos años adicionales, especialmente en lo que respecta a la salud cognitiva, se vuelve una preocupación central para muchas familias argentinas. El temor a perder la autonomía mental es tan grande como el de la física, y por eso es fundamental entender cómo funciona nuestra memoria con el paso del tiempo.

En el marco del Día del Alzheimer, la licenciada Camila Sánchez Salinas, una reconocida neuropsicóloga clínica y autora del libro «Entrená tu cerebro», nos brinda claves esenciales. Ella explica qué transformaciones experimenta el cerebro al envejecer, cómo distinguir los olvidos normales de aquellos que deberían encender una alarma y qué estrategias podemos implementar para mantener nuestra mente activa y prevenir enfermedades neurodegenerativas.

Es importante saber que el envejecimiento cerebral trae consigo cambios estructurales y funcionales. Investigaciones demuestran que, con los años, el cerebro puede reducir su tamaño y la cantidad de conexiones neuronales, afectando especialmente el hipocampo, crucial para el aprendizaje. Sin embargo, nuestro cerebro es increíblemente adaptable y desarrolla «estrategias de compensación», activando circuitos alternativos. Esto significa que mientras algunas funciones como la inteligencia fluida (resolver problemas nuevos) o la velocidad de procesamiento pueden disminuir, otras como la inteligencia cristalizada (conocimientos acumulados), la memoria implícita o el lenguaje suelen mantenerse estables o incluso mejorar.

La gran pregunta es: ¿cómo diferenciar un olvido común de una señal de alerta? Sánchez Salinas aclara que despistes como no encontrar la palabra exacta o ir a buscar algo y olvidarlo son frecuentes y pueden darse a lo largo de toda la vida, intensificándose a partir de los 60 o 65 años debido a una menor velocidad de procesamiento de información. La clave para identificar un problema reside en dos factores: cuánto afecta estos olvidos la calidad de vida de la persona y qué perciben no solo ella, sino también su entorno.

Por ejemplo, es normal olvidar las llaves ocasionalmente. Lo preocupante es encontrarlas en lugares inusuales, como la heladera, y no recordar cómo llegaron allí. Del mismo modo, no es lo mismo perderse en un lugar desconocido que desorientarse en un barrio familiar, ni olvidar una palabra suelta que tener una dificultad recurrente para seguir conversaciones o usar términos incorrectos que confunden a los demás.

Más allá de la genética, la especialista destaca el rol de la «reserva cognitiva». Esta se fortalece con años de estudio, trabajos que impliquen resolución de problemas, actividades estimulantes como leer o aprender idiomas, participación social, ejercicio físico regular y un estilo de vida saludable. Una reserva cognitiva robusta le da al cerebro más recursos para compensar los cambios propios de la edad, retrasando la aparición de síntomas de deterioro o haciéndolos más leves.

En este contexto, la enfermedad de Alzheimer es la causa más común de demencia, una patología progresiva que afecta las funciones cognitivas y neurobiológicas, más frecuente en mujeres. Se asocia a la acumulación de proteínas tau y beta-amiloide que interfieren con las neuronas. Sus síntomas iniciales suelen incluir dificultad para incorporar nueva información, problemas de lenguaje y desorientación. Por eso, entrenar el cerebro con ejercicios específicos puede ser beneficioso tanto para prevenir como para enlentecer el avance del deterioro cognitivo leve o de demencias incipientes.

Fuente original: Clarín