La figura de María Rosa Oliver, una de las intelectuales más destacadas de Argentina, emerge como un faro de autonomía y pensamiento crítico. Marcada por la poliomielitis que la dejó paralítica a los diez años, Oliver desarrolló una capacidad de observación del mundo que trascendía lo convencional, transformando su condición en una lente única para entender la sociedad.
Proveniente de una cuna privilegiada, Oliver no se conformó con los dictados de su época. Si bien su posición social le permitió viajar a Europa en busca de tratamientos, fue su ingreso en la militancia antifascista en 1936, coincidiendo con la Guerra Civil Española, lo que verdaderamente la impulsó a hacer del mundo su campo de acción. Cofundadora de la influyente revista Sur en 1931 junto a Victoria Ocampo y Waldo Frank, su trayectoria la llevó progresivamente hacia la izquierda, culminando en su adhesión al comunismo pacifista en 1949.
Acompañada siempre por su asistente, Josefa Freire, María Rosa Oliver recorrió extensamente Latinoamérica, enamorándose de su diversidad cultural y de su gente. Forjó amistades con figuras de la talla de Vinicius de Moraes, Gabriela Mistral y Cantinflas, y fue una ferviente defensora de la unidad latinoamericana, una visión que contrastaba con lo que ella percibía como la vanidad y el «almidonamiento» de gran parte de la sociedad argentina de su tiempo. Sus observaciones sobre chilenos y brasileños, por ejemplo, revelaban una aguda crítica a las apariencias y la falta de llaneza que, a su juicio, caracterizaban a sus compatriotas.
Oliver adoptó una postura de vida descentrada de su origen, desmarcándose abiertamente de una Argentina oligarca e ignorante de la pobreza. Su compromiso con la justicia social la llevó a afirmar que «el placer de una buena mesa es más agradable si uno lo goza sabiendo que nadie, cerca, pasa hambre». Además, desafió los roles preestablecidos para una mujer y una persona con discapacidad en su época, forjando una autonomía particular que le permitió vivir según sus propias convicciones, incluso siendo vista como una «traidora» por su propia clase social.
La compilación de sus textos y artículos, titulada «No soy turista», editada por Fondo de Cultura Económica, nos invita a redescubrir la profundidad de su pensamiento y la vigencia de su legado. María Rosa Oliver no solo proyectó una vida, sino que la vivió hasta sus últimas consecuencias, dejando una huella imborrable en la cultura y el pensamiento crítico argentino.
Fuente original: Clarín



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