La escritura, durante mucho tiempo, fue un proceso de búsqueda y duda, donde cada palabra construía una mirada única. Hoy, con la inteligencia artificial, escribir bien se ha vuelto más accesible. Solo se requiere una consigna clara y unos ajustes, y en segundos aparece un texto ordenado y razonable.
El problema surge cuando todos los textos cumplen con lo esperado. Se pierde la diferencia, y los textos comienzan a sonar dentro de un mismo registro. Esto no solo afecta a la escritura, sino también al diseño, donde la claridad y la estandarización han llevado a una homogeneidad visual y funcional.
La tecnología no solo resuelve problemas técnicos, sino que también reconfigura lo que valoramos. La singularidad, el artefacto irregular o incluso lo incómodo, adquiere un nuevo valor al romper con la norma. En un mundo donde las respuestas se estandarizan, la diferencia se traslada a las preguntas.
El periodismo, por ejemplo, no desaparecerá, pero podría volverse irrelevante si se limita a producir textos que una máquina también puede generar. La escritura, entonces, no se mide solo por su forma, sino por la capacidad de construir una perspectiva original y formular preguntas no evidentes.
¿Qué importa si una nota fue escrita con IA o no? Lo que importa es si hay una mirada propia, una pregunta que no sea automática. En un futuro donde las respuestas aparecen solas, la clave de lo que viene radicará en qué tipo de preguntas estamos dispuestos a seguir haciendo.

