El arquitecto suizo Philippe Rahm, autor del libro “El estilo antropoceno”, plantea una mirada revolucionaria sobre cómo habitamos nuestras casas. Según Rahm, la arquitectura moderna, impulsada por la disponibilidad de energía barata, nos hizo abandonar soluciones pasivas y milenarias para combatir el calor y el frío, las cuales hoy, frente a la crisis climática, se vuelven indispensables.
Hasta principios del siglo XX, los elementos decorativos en los interiores occidentales tenían una función eminentemente práctica: alfombras que aislaban del frío del suelo, tapices que reducían la sensación térmica de las paredes, cortinas que frenaban las corrientes de aire. La llegada de la calefacción central, la iluminación eléctrica y, sobre todo, el aire acondicionado, cambió radicalmente esta lógica. Rahm argumenta que el triunfo de los interiores blancos, despejados y acristalados, asociados al minimalismo, se sustentó en realidad en las emisiones de CO2 de calderas y centrales térmicas, reemplazando la funcionalidad de los objetos por el consumo energético.
Hoy, el escenario es distinto. Las olas de calor hacen que muchas viviendas sean inhabitables en verano, mientras que la reducción del consumo energético se convirtió en una urgencia climática. En esta contradicción, Rahm ubica lo que denomina “estilo antropoceno”: una propuesta para que la arquitectura y la decoración vuelvan a asumir el trabajo que durante décadas delegamos en máquinas. Para ello, el arquitecto invita a mirar hacia las viviendas mediterráneas tradicionales, con sus muros gruesos, techos altos, patios en sombra y ventanas estratégicamente ubicadas para generar ventilación cruzada.
Las ideas de Rahm van más allá. Propone cortinas con revestimientos de baja emisividad térmica (como aluminio brillante) para reflejar la radiación solar, paneles móviles de piedra natural que almacenen el frescor nocturno y lo liberen durante el día, o incluso “alfombras frías” de piedra o metal en lugar de lana para ayudar al cuerpo a perder calor por contacto. También rescata el concepto de enfriamiento por evaporación, inspirándose en los patios con fuentes o los cántaros, e imagina una suerte de “chimenea invertida” que, en lugar de fuego, use agua para refrescar el ambiente.
Incluso el color de las paredes entra en juego: Rahm sugiere estudiar el violeta, por ejemplo, ya que sus longitudes de onda reflejadas serían “más frías para la piel”. En definitiva, se trata de revalorizar soluciones experimentales y otras que estuvieron siempre a la vista, recordándonos que la elección de un material o una forma arquitectónica no es solo estética, sino también climática. Si el carbón definió el estilo moderno, el CO2 nos empuja hoy a redefinir el “estilo antropoceno” hacia un futuro más sustentable.
Fuente original: Clarín



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