Un antiguo proverbio popular nos interpela directamente: “El dinero no puede hablar, pero sí puede hacer que las mentiras parezcan verdades”. Esta frase, que resuena con una vigencia asombrosa en nuestra sociedad actual, nos invita a reflexionar sobre la influencia sutil pero poderosa que el capital ejerce en la construcción de la realidad y la percepción pública.
La esencia de este dicho radica en una crítica profunda al poder económico. El dinero, por sí mismo, no emite sonidos ni argumentos. Sin embargo, tiene la capacidad de financiar discursos, comprar voluntades, encubrir errores o, incluso, otorgar una apariencia de legitimidad a lo que es intrínsecamente falso. No siempre prevalece la verdad mejor argumentada; a menudo, la versión que cuenta con mayores recursos para imponerse es la que termina ganando terreno en la opinión colectiva.
Esta dinámica se observa claramente en diversos ámbitos de la vida cotidiana. Desde las campañas publicitarias que moldean nuestros deseos, hasta los debates políticos donde las narrativas se construyen con grandes inversiones, pasando por los conflictos públicos donde se busca desviar la atención o justificar lo injustificable. El proverbio nos advierte que no todo lo que se presenta como verdad lo es, y que detrás de una aparente certeza, puede haber una estrategia financiera operando para que una mentira se vuelva indiscutible.
La enseñanza de este proverbio es un llamado a la prudencia y al pensamiento crítico. Nos insta a cuestionar quién está detrás de un relato, a quién beneficia una determinada versión de los hechos y qué voces quedan silenciadas por falta de recursos. En un mundo saturado de información y de intereses económicos entrelazados, la verdad no siempre es la que resuena con más fuerza, sino aquella que logramos descubrir con una mirada atenta y desconfiada.
Fuente original: Clarín



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