En un contexto económico desafiante, la dependencia de las aplicaciones de transporte y delivery se ha consolidado como una cruda realidad para millones de argentinos. Lo que comenzó como una alternativa de ingresos, hoy es para muchos la única forma de subsistencia, un fenómeno que los protagonistas resumen con la frase «es lo que hay».
El perfil de quienes recurren a estas plataformas es diverso: desde personas mayores que complementan jubilaciones exiguas, como un carpintero de 60 años que reparte pizzas con su bicicleta eléctrica, hasta profesionales en actividad, como un empleado bancario con un sueldo de más de dos millones de pesos que trabaja como chofer de Uber los fines de semana para cubrir sus gastos. También es una fuente de empleo para migrantes, que en muchos casos dedican más de 10 horas diarias a estas tareas. La búsqueda de un «extra» o la necesidad de un ingreso principal los une en esta modalidad.
Aunque las cifras de facturación bruta pueden sonar elevadas, la realidad de la ganancia neta es otra. Un chofer «full-time» puede facturar hasta 3 millones de pesos mensuales, pero los costos operativos (combustible, seguro, mantenimiento del vehículo) se llevan cerca del 40% de esos ingresos. Para un repartidor, se estima que se necesitan cientos de pedidos al mes solo para cubrir la Canasta Básica Total de una familia, lo que evidencia la precariedad de las ganancias reales.
Este crecimiento exponencial del trabajo en plataformas, que según estimaciones ya emplea a cerca de un millón de personas en Argentina, actúa como un «colchón» frente a la caída del empleo formal, que desde fines de 2023 ha visto la pérdida de más de 200.000 puestos registrados. Sin embargo, este «colchón» viene con un costo: la ausencia de derechos laborales tradicionales, ya que estos trabajadores son considerados «prestadores independientes». La reciente reglamentación del Gobierno, que somete a estas empresas a la fiscalización de la Secretaría de Transporte, abre el debate sobre si se trata de una formalización o una consolidación de la precarización.
Expertos económicos coinciden en que, sin la «uberización», el panorama de desempleo sería mucho más dramático, similar a crisis pasadas. Los trabajadores, en su mayoría, aceptan esta realidad sin grandes quejas, impulsados por la necesidad de ir «para adelante» en una Argentina donde la informalidad laboral sigue en ascenso.
Fuente original: Infobae





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