La displasia, especialmente la de cadera, es una de las afecciones ortopédicas más comunes que afecta a nuestros compañeros de cuatro patas, en particular a las razas grandes. Conocida como el “mal silencioso”, su detección precoz es crucial. Un diagnóstico a tiempo no solo abre la puerta a diversas opciones de tratamiento, sino que también permite frenar el avance de la enfermedad y mejorar significativamente la calidad de vida de los animales.

Esta condición se manifiesta como una incongruencia en la articulación, donde los huesos no encajan perfectamente. Aunque la genética juega un papel fundamental en su aparición, no es el único factor: el crecimiento, el peso, la alimentación y el nivel de ejercicio también influyen en su desarrollo. Razas como labradores, golden retrievers o pastores alemanes tienen una mayor predisposición genética, lo que subraya la importancia de una crianza responsable y la atención a los síntomas.

Los signos de alerta pueden ser sutiles al principio: un cambio en la forma de caminar, dificultad para levantarse después de descansar o una renuencia inusual a subir escaleras. Un indicio claro es el llamado “salto de conejo” al correr, donde el perro flexiona la pelvis y salta con las dos patas traseras a la vez. Cualquier cojera en un cachorro debe ser motivo de consulta veterinaria inmediata, ya que el diagnóstico temprano, incluso a los pocos meses de vida, es clave para aplicar cirugías correctivas simples que eviten el progreso de la displasia.

Si bien no se puede prevenir al 100%, se recomienda evitar la reproducción de perros con displasia y limitar los ejercicios de alto impacto (saltos, carreras intensas) durante la etapa de crecimiento. El tratamiento es multifactorial e incluye desde cirugías hasta terapias de rehabilitación que buscan fortalecer la musculatura, controlar el dolor y manejar el peso del animal, siendo el sobrepeso un gran enemigo. Técnicas como la cinta subacuática, masajes y terapias con láser o campos magnéticos son fundamentales para mejorar la movilidad y reducir el sufrimiento.

Gracias a los avances en técnicas quirúrgicas, el diagnóstico temprano con herramientas como el TAC o la resonancia, y el auge de la rehabilitación, el panorama para los perros con displasia ha cambiado drásticamente. Antes, muchos de ellos no volvían a correr; hoy, la mayoría puede recuperar una vida activa y plena. Los expertos anticipan más innovaciones en genética, nutrición y ortopedia 3D, prometiendo un futuro aún más esperanzador para la salud musculoesquelética canina.

Fuente original: Clarín