Es una reflexión habitual entre los adultos de hoy: la vida de los niños ha experimentado una transformación tan radical en pocas décadas que la forma de crianza de padres e hijos parece pertenecer a mundos distintos. Quienes crecieron en los años 60, 70 u 80 disfrutaron de una autonomía y una libertad que, para la mayoría de los chicos actuales, es prácticamente inimaginable.
Mucho de aquello se perdió: las interminables horas de juego en la vereda, las salidas de casa sin que los mayores supieran exactamente dónde estaban los pequeños, la posibilidad de comer en cualquier casa del barrio o la necesidad de resolver problemas y conflictos sin la intervención inmediata de un adulto. Un experto en el portal Bolde profundizó sobre esta sensación, tan vívida para quienes la experimentaron, e incomprensible para las nuevas generaciones, resaltando cómo la tecnología ha permeado cada aspecto de la vida diaria.
Antes, los chicos simplemente salían de sus hogares sin conexión alguna: sin celular en el bolsillo, sin GPS que monitoreara sus movimientos. Lo que hoy suena a fantasía era la norma: no había forma de contactarlos. Salían y debían volver, esa era la premisa. Nadie se preocupaba excesivamente. Aunque para el oído moderno esto podría interpretarse como una falta de supervisión, el autor enfatiza que no lo era. La imposibilidad de ser localizados era, paradójicamente, una ventaja para los niños.
Las reglas de aquellos tiempos no se basaban en la ubicación, sino en el tiempo: la única condición era regresar a casa para la cena, antes de que anocheciera o cuando se encendieran las luces de la calle. Ese era el acuerdo tácito. Nadie necesitaba saber el paradero exacto. “Todo el sistema se basaba en la confianza”, se asegura. Un niño podía irse por la mañana y volver por la tarde, y ningún adulto tenía por qué saber cómo había pasado esas horas.
El especialista recuerda cómo era común deambular de un patio a otro, de una casa a otra, y que incluso la madre de algún amigo podía alimentar a varios chicos sin necesidad de coordinar nada. Para que esto funcionara, las madres debían confiar plenamente en el vecindario. Y esa confianza, afirma, era el pilar de todo. La ausencia de un adulto vigilando constantemente lo que se hacía y dónde estaba cada chico era el eje central de las tardes, la esencia de una época. Una tarde se construía con aventuras y decisiones propias, sin pedir ayuda a los mayores y con la imaginación como motor principal.
Los investigadores del desarrollo infantil diferencian entre el juego estructurado –organizado, dirigido por adultos y con un objetivo preestablecido– y el juego no estructurado, que es libre, espontáneo y dirigido por el propio niño. Lamentablemente, el primer tipo ha desplazado casi por completo al segundo. Lo que parece un detalle menor, en realidad, tiene un gran impacto. Hoy, una tarde libre para un niño se percibe como un “problema” que hay que llenar, un lapso de tiempo que debe producir algo. En aquel entonces, una tarde sin planes era simplemente el comienzo de la jornada.
Se subraya que la independencia es crucial para que una persona desarrolle la sensación de que puede manejar las situaciones por sí misma. Una generación que recibe mucha menos independencia tiene, por ende, menos oportunidades de cultivarla, afectando su autonomía y capacidad de resolución.
Fuente original: Clarín


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