Durante años, crecer sin hermanos estuvo asociado a una serie de prejuicios: el hijo único como un niño solitario, demasiado protegido o egoísta . Señalado como alguien «acostumbrado» a ser el centro de atención , esa imagen fue cuestionada por diversas investigaciones científicas.
Ahora, una reflexión lleva a pensar que lo que muchos hijos únicos quisieran que los demás entendieran no es tanto la soledad de haberse criado sin hermanos, sino el agotamiento de ser todo el futuro de alguien más.
Un estudio publicado en 2019 en el Journal of Research in Personality titulado «Hijos únicos en el siglo XXI: Las diferencias de personalidad entre adultos con y sin hermanos son muy, muy pequeñas» , las creencias sobre los hijos únicos parecen contradecir las diferencias reales.
El problema, entonces, podría estar menos en lo que le falta a un hijo único y más en todo lo que se deposita sobre él. Cuando no hay hermanos con quienes compartir expectativas , logros, preocupaciones o incluso responsabilidades familiares, cada decisión puede adquirir un peso diferente.
Para diversos padres, ese único hijo concentra buena parte de sus proyectos, ilusiones y esfuerzos. Esa sensación de tener que responder por un futuro que no es solamente propio aparece como una de las experiencias que pueden atravesar a algunos hijos únicos: no necesariamente la soledad.
Un autor reflexionó en el sitio Bolde.com sobre esta dicotomía entre lo que la gente ve al mirar un hijo único, esa imagen de un niño jugando en soledad, y lo que realmente siente que le afecta a estos. Asegura que la gente ve como algo obvio que esas personas debieron sentirse muy solas.
Pero, asegura, si se pregunta a las personas que crecieron siendo la única persona con este problema qué les gustaría que los demás entendieran, la soledad casi nunca es lo primero que mencionan. Muchos de ellos no se sentían solos en absoluto ; la soledad, si es que existía, «era la parte fácil», sentencia.
El texto repasa que la idea del hijo único inadaptado es algo antigua, que se remonta a los primeros investigadores que, con escasa evidencia, concluyeron que crecer sin hermanos era casi un defecto. Si bien se mantuvo esta idea durante un tiempo, luego esto desapareció con evidencias más firmes.
El estudio citado anteriormente se realizó en Nueva Zelanda, y se analizó a 20.000 adultos , revelando que las diferencias de personalidad entre los niños únicos y las personas con hermanos eran tan sutiles que resultaban imperceptibles.
Aseguran, entonces, que los hijos únicos no eran más solitarios, ni más egoístas, ni tenían peores relaciones sociales que los demás. El autor destaca que la mayoría de estos dirán lo mismo: tenían amigos, primos, vecinos, etc . Además, aprendieron a disfrutar de su propia compañía.
Lo verdaderamente pesado para los hijos únicos no es estar solo, sino lo que implica estar solo para los padres. En una casa con un solo hijo, todo lo que los padres desean tiene un único lugar donde ubicarse. En una familia numerosa, esas esperanzas se reparten .
Un hijo único lo carga todo. Cada ambición que los padres hayan tenido para sus hijos está asociada a un solo nombre. Y, sobre todo, al crecer llega una verdad que funciona como ancla en la familia de a tres: si él no hace las cosas, nadie lo hará . No se reparten las tareas.
Sin embargo, el autor termina con una reflexión esperanzadora, al indicar que ser hijo único no significa que una sola persona sea responsable de todo lo que dos adultos soñaron que un niño pudiera ser. Además, se puede buscar ayuda ya que, ser hijo único no significa tener que bancar todo solo .
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Fuente original: Clarín
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