Para muchos, charlar con sus perros o gatos usando frases completas es parte de la rutina diaria. Incluso, hay quienes les cuentan lo que hacen, sabiendo que no recibirán una respuesta verbal. Aunque parezca una conversación unilateral, la psicología y la ciencia del comportamiento animal han estudiado a fondo este fenómeno, encontrando procesos fascinantes detrás de esta interacción.

Uno de los conceptos clave es la antropomorfización, que es la tendencia humana a atribuir características, intenciones o emociones propias a seres no humanos. Investigaciones, como las publicadas en Psychological Science en 2008, demostraron que la necesidad de establecer conexiones sociales puede favorecer este comportamiento. Sin embargo, esto no significa que quienes hablan con sus mascotas lo hagan por sentirse solos, aunque sí se observó que personas con mayor soledad crónica tendían a antropomorfizar más a sus compañeros animales.

Lo que diferencia hablar con una mascota de hablar con un objeto es que el animal, en efecto, responde. Pueden mirarte, acercarse, mover la cola, cambiar la posición de las orejas o dirigirse hacia una puerta al escuchar ciertas palabras. Estudios con perros mostraron que prestan una atención visual diferente y más prolongada a sus dueños que a desconocidos, y que son capaces de interpretar señales sutiles como la dirección de la mirada de una persona para entender situaciones comunicativas.

Esto significa que, aunque un perro no siga una conversación compleja como un humano, sí reacciona a los múltiples elementos que la acompañan. Pueden aprender asociaciones entre palabras como “paseo” o “comida” y ciertas acciones o eventos. La combinación de entonación, gestos, movimientos y el contexto general de la rutina diaria les proporciona información adicional, creando una dinámica de interacción genuina y un vínculo especial donde las mascotas ofrecen una atención incondicional y sin juicios, algo que a veces es difícil de encontrar en las relaciones humanas.

Fuente original: Clarín