Un nene de cuatro años le preguntó a su seño: «¿Por qué la lombriz no tiene patas?». Ella no buscó la respuesta en ninguna pantalla. Le dijo: «¿Y si la buscamos?». Salieron al patio, levantaron una piedra húmeda y ahí estaba. En minutos, una ronda de chicos agachados, con las manos sucias, inventaba teorías sobre la vida de una lombriz.

Esa escena resume lo que pienso después de treinta y tres años en las salas.

Los chicos aprenden con el cuerpo entero

Entre los dos y los seis años se aprende mirando a los ojos, escuchando una voz conocida, tocando la arena, esperando el turno y consolando a un compañero. El vínculo no acompaña la enseñanza: es el método.

«En la primera infancia, el aprendizaje no se descarga: se vive.»

¿Y la inteligencia artificial?

Tiene lugar, pero en las manos de los adultos. Puede ayudar a la docente a pensar un proyecto, ordenar un informe o preparar una comunicación para las familias. Si nos quita horas de escritorio para devolvérnoslas en la sala, bienvenida sea.

«Que la tecnología nos dé más tiempo para mirar a un niño a los ojos.»

Tres límites que no se negocian

Nunca decide. Quien conoce la historia, el ritmo y la familia de cada niño es la docente.

La infancia necesita tiempo sin pantallas. Los chicos tienen derecho al barro, al juego y a la plaza.

La ética va primero. Los datos, las imágenes y las producciones de los niños merecen protección.

Un mensaje para las familias

Un niño no llega mejor preparado a primaria por cuántos dispositivos conoce, sino por cuántos cuentos le leyeron, cuántas palabras escuchó y cuántas veces lo dejaron probar solo.

«No es cuestión de tenerle miedo a la tecnología, ni de idolatrarla. Es una herramienta. Que la inteligencia artificial nos ayude a tener más tiempo para lo importante

                                                                             “Lo esencial sigue siendo humano.»