La guerra entre Rusia y Ucrania, prolongada por más de cuatro años, ha expuesto las limitaciones del derecho internacional y el dilema de si las concesiones territoriales pueden conducir a una paz duradera. Los análisis históricos, como los de Henry Kissinger, han sido reevaluados ante la resistencia ucraniana y el apoyo internacional sostenido, reafirmando el principio de la integridad territorial.
El sistema de seguridad colectiva de las Naciones Unidas ha mostrado sus debilidades, con el veto y la parálisis institucional limitando su eficacia. Mientras tanto, la rivalidad entre Estados Unidos y China se intensifica, y Europa reconfigura su defensa, reduciendo su dependencia energética rusa. La OTAN se expande, y países del este europeo asumen un rol más activo en la seguridad colectiva.
En el plano moral, el Papa ha enfatizado la necesidad de una paz justa, basada en la dignidad de los pueblos y no en la humillación o la victoria absoluta. Su llamado a una diplomacia paciente y la responsabilidad de las potencias ha resurgido en un contexto marcado por crímenes de guerra y la necesidad de justicia internacional.
La guerra también ha acelerado el cambio geopolítico, con Rusia fortaleciendo vínculos con China y otros actores no occidentales, aunque sin alianzas estratégicas plenas. Este escenario multipolar, sin embargo, no ha generado estabilidad, sino competencia prolongada y militarización en zonas de conflicto indirecto.
La conexión entre la guerra en Ucrania y la tensión en Irán subraya la urgencia de criterios de pacificación universales, según el magisterio de la Santa Sede. La comunidad internacional debe rediseñar instituciones, promover la cooperación y afirmar que la justicia y la paz no son alternativas excluyentes, sino condiciones inseparables para una convivencia duradera.

