En la Argentina actual, se ha reactivado un profundo y delicado debate sobre la eutanasia, un tema que emerge en un contexto de crisis que afecta directamente al sistema de salud y a la sostenibilidad de las cajas de jubilaciones y pensiones. Esta compleja realidad nos invita a reflexionar sobre el lugar que nuestra sociedad asigna a los adultos mayores, y nos remite a obras literarias que, en su momento, parecían meras fantasías distópicas.
La ficción, a veces, se convierte en un espejo inquietante. Novelas como “La guerra del cerdo” de Bioy Casares nos muestran una sociedad que, de a poco, normaliza la idea de que los mayores “sobran”. Lo que comienza como una broma o un discurso marginal, puede evolucionar hacia un consenso social que justifica la eutanasia voluntaria, culminando en el desprecio y la persecución de los ancianos. Este escenario nos obliga a preguntarnos si la indiferencia y el abandono silencioso de nuestros propios adultos mayores no son los primeros pasos de una deriva cultural peligrosa.
La realidad económica de los jubilados argentinos es desoladora. Tras décadas de aportes, muchos se encuentran con haberes mínimos que apenas alcanzan para subsistir. La expulsión del sistema de salud, ya sea activa o por default, es una constante: los costos de honorarios médicos y medicamentos se vuelven inalcanzables. Esta situación erosiona la dignidad de quienes trabajaron toda una vida, convirtiéndolos en pobres y relegándolos a geriátricos que, en muchos casos, se asemejan a depósitos, donde la soledad y el deterioro son moneda corriente.
El paralelo con “Fahrenheit 451” es inevitable: así como los bomberos quemaban libros para evitar el pensamiento crítico, hoy “depositamos” a nuestros mayores para no ver una realidad incómoda. Cuando la enfermedad avanza, el sistema vuelve a fallar, y los cuidados paliativos integrales son un privilegio al que pocos acceden. Es en este punto de quiebre donde, con una aparente buena intención, surge la propuesta de la “muerte digna” como un atajo, una solución simplista que disfraza la impotencia y la crueldad de la compasión, buscando borrar el problema en lugar de resolverlo.
Frente a este panorama, la verdadera resistencia no puede ser la resignación. El camino es el acompañamiento activo, la escucha atenta de sus historias y la exigencia de un sistema que garantice jubilaciones dignas, geriátricos de calidad, acceso universal a medicamentos y cuidados paliativos adecuados. No podemos permitir que la vejez se convierta en sinónimo de pobreza y olvido.
Una sociedad que comienza a percibir a los niños como una molestia y a los ancianos como un estorbo, es una sociedad que, en su esencia, se está autodestruyendo. Es imperativo que, como comunidad, revaloricemos la sabiduría y la experiencia de nuestros mayores, construyendo un futuro donde la dignidad sea un derecho inalienable en todas las etapas de la vida.
Fuente original: Infobae

