Laura Mora, la cineasta colombiana detrás de la esperada serie de Netflix ‘Cien años de soledad’, generó un intenso debate cultural durante su reciente visita a Buenos Aires. En un encuentro íntimo en la Biblioteca del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), Mora expresó su preocupación por una lectura “edulcorada” de la obra cumbre de Gabriel García Márquez, que a su juicio, le ha “despojado mucho de su carácter político”.
La directora confesó su compleja relación personal con la novela, recordando sus intentos fallidos de leerla en la adolescencia y cómo solo en la adultez, tras ser marcada por la violencia en Colombia, pudo desentrañar sus profundas capas de sentido. Mora enfatizó que el realismo mágico, lejos de ser un mero adorno exótico, funciona como una herramienta poética y de supervivencia para procesar la tragedia y el ciclo interminable de violencia que ha azotado a su país.
La ambiciosa adaptación de Netflix, que representa la producción más grande de la plataforma en América Latina con una inversión que supera los 50 millones de dólares, busca precisamente recuperar esa dimensión crítica. Mora, quien dirigió varios episodios clave, explicó que su objetivo no fue competir con la literatura, sino construir una puesta en escena que, a través de sombras y capas sonoras, invite al espectador a ejercitar su propia imaginación. La serie, filmada íntegramente en Colombia y hablada en español, implicó la recreación meticulosa de Macondo y la confección de miles de prendas y calzados de época.
Uno de los puntos más incisivos de la charla se centró en la Masacre de las Bananeras de 1928, un evento histórico inmortalizado por García Márquez en la novela. Mora denunció el negacionismo sobre este crimen, perpetuado por sectores políticos que lo tildan de “invento literario”. Para la producción, fue crucial la consulta de archivos desclasificados de la Universidad de Harvard, que revelaron telegramas de la United Fruit Company exigiendo la represión bajo amenaza de intervención militar. La directora optó por rodar esta brutal represión en formato analógico de 16 milímetros, buscando una textura visual que evocara la crudeza de un archivo vivo y orgánico.
Al finalizar el encuentro en el Malba, Mora reflexionó sobre la decisión estética de romper la cuarta pared en el desenlace de la serie, cuando un personaje interpela a la cámara con la frase “Nadie se acuerda de nosotros”. Para la realizadora, restituir la memoria y la dimensión política a través del arte es la única oportunidad para escapar a la condena del olvido, reafirmando que Macondo es, ante todo, un espejo trágico de nuestra realidad.
Fuente original: Clarín




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