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El silencio que enferma: Cuando el cuerpo grita lo que la voz calla

09/08/2026 3 min de lectura Por Redacción
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Desde la infancia, muchos de nosotros aprendemos a construir un muro invisible alrededor de nuestras emociones. La autora de esta columna reflexiona sobre cómo, en un intento por sobrevivir a un entorno que no validaba sus sentimientos, adoptó la estrategia de fingir indiferencia. Esta fachada de fortaleza, que en su momento fue una herramienta brillante para una niña, se convierte con el tiempo en una carga devastadora para el adulto, que se acostumbra a ocultar lo que siente hasta el punto de no saber qué es lo que realmente le pasa.

La comparación constante y la sensación de nunca ser suficiente, a menudo transmitidas inconscientemente por figuras parentales, pueden moldear profundamente la forma en que nos relacionamos con nuestras propias vulnerabilidades. La estrategia de «hacerse el boludo» o la «indiferencia» no solo no protege del dolor, sino que lo invisibiliza, forzándolo a manifestarse de otras maneras. El cuerpo, sabio y honesto, se convierte en el portavoz de lo que la mente se niega a expresar.

Es así como la ansiedad, el insomnio, las gastritis, las migrañas o un agotamiento crónico se transforman en las señales de alarma. Mientras la cabeza repite «estoy bien», el cuerpo nos habla en un idioma de síntomas, intentando decir aquello que llevamos décadas impidiéndonos expresar con palabras. Esta desconexión entre lo que sentimos y lo que mostramos puede llevar a una profunda crisis de identidad en la adultez, donde nos encontramos preguntándonos quiénes somos realmente más allá del personaje que creamos para sobrevivir.

El verdadero desafío, entonces, no reside en ser más fuerte –una lección que ya hemos aprendido demasiado bien– sino en desaprender. Implica dejar de responder «no pasa nada» cuando sí pasa, de decir «estoy bien» cuando no lo estamos, y de animarnos a pedir ayuda antes de que nuestro cuerpo tenga que gritarla por nosotros. Aceptar nuestra vulnerabilidad no nos debilita, sino que nos hace más auténticos y nos permite construir relaciones más genuinas y una vida más plena.

Crecer, en este sentido, no es solo madurar, sino atreverse a dejar de actuar, a reconocer y abrazar cada emoción, por incómoda que parezca. Es el camino hacia la verdadera fortaleza, esa que nace de la autenticidad y el reconocimiento de nuestra humanidad completa.

Fuente original: Infobae