En un movimiento que sorprendió a propios y extraños, el gobierno de Javier Milei ha protagonizado un viraje abrupto en su política exterior respecto a la cuestión Malvinas. De mostrar claras actitudes anglófilas y simpatía por figuras como Margaret Thatcher, el Presidente ha adoptado un discurso nacionalista que roza el chauvinismo, evocando la memoria de los veteranos de guerra y enfocándose en la defensa irrestricta de la soberanía argentina sobre las islas.
Este cambio radical, observado a casi 300 días de gestión, plantea una pregunta fundamental: ¿qué motivó una transformación tan drástica? La respuesta parece encontrarse en un escenario internacional particular, marcado por la impredecible figura de Donald Trump. Sus recientes declaraciones, insinuando una posible revisión del respaldo estadounidense a Gran Bretaña por las Malvinas, abrieron una ventana de oportunidad inmejorable para que Milei endureciera la postura argentina sin grandes riesgos de represalias, posicionándose como líder de una causa nacional profundamente arraigada en el sentir popular.
Los estrategas libertarios, encabezados por Santiago Caputo, no desaprovecharon esta coyuntura. Son conscientes del poder de atracción que tienen las apelaciones nacionalistas y los conflictos internacionales para revertir el desgaste de un liderazgo o desviar la atención de problemas domésticos. Como demostró Benedict Anderson en “Comunidades Imaginadas”, el nacionalismo opera en el universo de las emociones, generando una identidad fuerte, acrítica e incondicional, que Milei busca capitalizar.
En su afán por la reelección, el Presidente pretende inscribir su nombre en este linaje, calificando a Malvinas como una “causa nacional” que debe galvanizar el apoyo de todos los argentinos ante una “amenaza externa”. Este giro discursivo, que incluyó términos poco habituales en el léxico libertario como “soberanía”, “recursos naturales” y “política exterior”, se alinea con su estrategia de confrontación y conflicto, buscando un “enemigo común” en un momento en que la polarización con la “casta” o el kirchnerismo podría estar perdiendo fuerza entre votantes más moderados.
Milei eligió un tema transversal, capaz de trascender las preferencias electorales, no solo para recuperar la centralidad y el control de la agenda, sino también para ejercer presión sobre la oposición. Al convocar a la unidad nacional por Malvinas, el Presidente les tiende un “abrazo de oso”, dificultando que se nieguen a apoyar una causa con tan amplio respaldo popular.
Más allá de la astucia y el oportunismo de esta maniobra, resta por ver el impacto real de este viraje. ¿Será suficiente para eclipsar el creciente cuestionamiento sobre la economía real? ¿Los anuncios concretos de Milei sobre la soberanía lograrán alterar el statu quo en el corto plazo? Y, finalmente, ¿esta apelación a la “causa nacional” trascenderá el plano discursivo para avanzar con políticas concretas y permitir una participación genuina de la oposición? Aunque los anuncios no implican tópicos renovados –sanciones a empresas existen desde 2011 y la base naval integrada en Ushuaia se construye desde 2022– y no garantizan la pérdida de centralidad de los temas urgentes, este “tránsito” pragmático hacia el centro del sistema político se revela como una táctica tan inteligente como desesperada.
Fuente original: Infobae


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