El último partido de Messi en la Selección Argentina ya es historia, y expuso con crudeza la ineptitud de la AFA . Sintetizó en una noche la suma de incapacidad y mala fe de sus dirigentes -con Chiqui Tapia a la cabeza-, combinación que hinchas y futbolistas vienen sufriendo desde hace años. Los dirigentes quedan excluidos de entre los perjudicados porque, salvo conocidas excepciones, la mayoría es cómplice.

Tapia no debería perdonarse haber sido incapaz de homenajear como se merecía al futbolista que lo sostuvo con gestos y triunfos cuando las pruebas de corrupción, las acusaciones judiciales y las sospechas de manejos oscuros de los arbitrajes lo acorralan junto a Pablo Toviggino.

Pero Messi futbolista de la Selección ya fue, y Messi futbolista en el torneo argentino, por ejemplo en Newell’s, parece hoy una posibilidad improbable casi hasta lo imposible .

De cara al futuro, entonces, resulta válido y oportuno preguntarse qué rol le queda al mejor del mundo en nuestro fútbol.

La respuesta, que no es complicada, desnuda una hipocresía.

Desde hace tiempo, Messi da pasos hacia un rol definido: propietario de clubes de fútbol.

No le hizo falta dejar atrás su etapa de deportista activo para avanzar hacia esa nueva vocación. Aun en competencia con Inter Miami, el rosarino ya suma una creciente «carpeta» de adquisiciones de equipos en diferentes categorías :

El UE Cornellà , club catalán que adquirió en abril de este año y compite en la quinta división en España.

El CD Eldense , histórico equipo de Alicante cuyas acciones compró hace semanas, y compite profesionalmente nada menos que en la segunda división española.

Finalmente, la posibilidad concreta en el Inter Miami, en cuyo contrato se incluye la opción de una participación accionaria de la franquicia cuando se retire.

El propio Messi lo dijo durante una entrevista en enero, cuando le preguntaron en qué función se veía en el futuro: «Técnico no me veo. Mánager me gusta, pero si te tengo que decir, me gustaría ser el propietario . Poder tener mi propio club, arrancar desde abajo y darle la oportunidad a los chicos de que crezcan y hacer un club importante”.

El deseo de Messi, ya cumplido por dos en España, no podrá ser posible en la Argentina. Choca de frente con lo expresado, entre otros, por Chiqui Tapia, quien, en tono de condena moral y refiriéndose a las Sociedades Anónimas Deportivas, hace meses desafió: «Sólo buscan ser dueños y jefes de los clubes y de los jugadores».

Alguien podría señalar que la familia del rosarino maneja hoy el Leones FC de esa ciudad, club que compite en la Primera C. En verdad, el ejemplo ilumina el cinismo dirigencial y las trampas en que deriva: Leones es un gerenciamiento encubierto y consiguió la afiliación directa a la cuarta división sin transitar por el escalafón amateur de AFA.

Pero el tema de fondo, en todo caso, va más allá. Si el argumento en contra de las SAD es la demonización de los inversores por encarnar un interés puramente económico que dañaría la función social de los clubes, ¿qué etiqueta le ponen al Messi que compra al Eldense y al Cornellà? ¿Es el enemigo que viene a quedarse con los clubes? Encerrado en sus contradicciones, el discurso de la AFA colapsa: el modelo que Chiqui Tapia demoniza es exactamente el que Messi elige para construir su futuro.

Secretario de Redacción gabascal@clarin.com

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Fuente original: Clarín

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