A la hora de equipar la cocina o renovar electrodomésticos, la elección entre una placa de inducción y una vitrocerámica es una duda frecuente. Aunque a primera vista puedan parecer similares por su superficie de cristal, su funcionamiento interno y, por ende, su eficiencia, rapidez y seguridad, presentan diferencias clave que vale la pena conocer antes de tomar una decisión.

La distinción principal radica en la tecnología que utilizan para generar calor. Las cocinas de inducción emplean un campo electromagnético que calienta directamente la base del recipiente, siempre y cuando este sea de material ferromagnético, como hierro o acero inoxidable con fondo adecuado. Esto significa que la energía se transfiere de forma directa y con una eficiencia notable, evitando pérdidas de calor en el ambiente. Por otro lado, las vitrocerámicas radiantes funcionan con resistencias eléctricas ubicadas debajo del cristal, que calientan la superficie y luego esta transmite el calor a la olla. Si bien permiten usar cualquier tipo de utensilio, este método es menos directo y, por lo tanto, menos eficiente.

En cuanto a la velocidad, la inducción se lleva la delantera por mucho. Para hervir un litro de agua, una placa de inducción puede tardar apenas dos o tres minutos, mientras que una vitrocerámica requiere entre siete y nueve minutos para la misma tarea. Esta rapidez se debe a que la inducción calienta el recipiente de forma instantánea y permite un control preciso e inmediato de la temperatura, facilitando la cocción de platos que exigen cambios rápidos de calor. La vitrocerámica, en cambio, tiene una inercia térmica mayor, tardando más en calentarse y enfriarse al regular la potencia.

El consumo energético es otro factor crucial, especialmente en Argentina. Las cocinas de inducción aprovechan entre el 85% y el 90% de la energía que consumen, lo que se traduce en un ahorro significativo en la factura de electricidad. Al calentar solo el recipiente y no el cristal circundante ni el aire, el tiempo de uso se reduce drásticamente. Las vitrocerámicas, en contraste, solo utilizan de forma eficaz entre el 55% y el 60% de la energía, perdiendo una parte considerable en el proceso de transferencia de calor, lo que puede elevar los costos a largo plazo. Además, la seguridad es un punto fuerte de la inducción: si no hay un recipiente adecuado, no genera calor, y al retirar la olla, la placa se enfría rápidamente, minimizando riesgos de quemaduras. Las vitrocerámicas, por su parte, mantienen la superficie caliente durante un tiempo considerable después de apagarlas, lo que representa un riesgo, sobre todo en hogares con niños o mascotas.

Fuente original: Infobae