Un reciente informe elaborado en la Ciudad de Buenos Aires encendió las alarmas sobre el impacto del uso temprano de pantallas en el neurodesarrollo de los niños. El estudio, realizado por el Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat porteño junto a la Universidad Austral, revela que celulares, tablets y televisores ya son parte ineludible de la rutina de los más pequeños, generando preocupación por sus efectos en áreas clave como el sueño, el lenguaje y la capacidad de atención.
La investigación, que se basó en grupos focales con 78 participantes, en su mayoría madres, puso de manifiesto la contradicción y la culpa que sienten los adultos a la hora de gestionar el tiempo de pantalla de los niños. Las familias expresaron una fuerte demanda de herramientas concretas y orientación sobre cómo regular este consumo, así como la necesidad de fortalecer redes de apoyo para llevar adelante las pautas recomendadas por los especialistas.
Uno de los puntos más inquietantes del estudio es la relación entre la exposición prolongada a pantallas en la primera infancia y alteraciones en el sueño, dificultades en el lenguaje, problemas de atención, mayor ansiedad y una menor tolerancia a la frustración. Además, se observa un desplazamiento del juego tradicional, la conversación y la interacción cara a cara, actividades fundamentales para el desarrollo cognitivo y social.
El informe también subraya las desigualdades socioeconómicas que influyen en el uso de pantallas. En hogares vulnerables, la falta de redes de apoyo y la sobrecarga en una única persona cuidadora, generalmente una mujer, hacen que los dispositivos se conviertan en un recurso casi indispensable para sostener las tareas básicas. Esta situación dificulta aún más la posibilidad de establecer límites y ofrecer alternativas a los niños.
En línea con estos hallazgos, la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) y guías internacionales, como la del Reino Unido, recomiendan evitar las pantallas en menores de 2 años y limitar su uso a una hora diaria o menos para niños de 2 a 5 años. Los expertos advierten que la sobreexposición tecnológica puede generar una sobreestimulación cerebral, afectar el aprendizaje y la socialización, y promover el sedentarismo, con los riesgos de sobrepeso y obesidad infantil que esto conlleva.
Fuente original: Infobae




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