El cartel que anuncia la llegada a Alaska estaba, por fin, frente a ellas. Hacía años que imaginaban ese momento. Habían recorrido más de 101.000 kilómetros, atravesado buena parte del continente americano, sorteado fronteras cerradas por una pandemia, aprendido mecánica para reparar su propia camioneta en medio de la ruta y descubierto que la incertidumbre puede convertirse en una compañera de viaje.

Otras parejas de viajeros, conocidas en el camino, las esperaron para celebrar con ellas la llegada al extremo norte del continente. Aquella escena resumía, sin que ellas lo supieran todavía, una de las grandes enseñanzas de ocho años de ruta: el hogar no siempre es un lugar. A veces también son las personas que aparecen cuando más se las necesita.

Paradójicamente, el viaje que las llevó desde Ushuaia hasta Alaska nunca empezó en el sur argentino . Comenzó mucho antes, en una oficina de Buenos Aires, donde dos profesionales que parecían haber alcanzado todo aquello que suele asociarse con una vida exitosa empezaron a hacerse una pregunta incómoda: ¿Y si la felicidad no estaba donde todos decían que debía estar?

Flor Cernuschi y Gisela “Gise” Ares se conocieron hace quince años trabajando en una empresa multinacional. Se enamoraron casi de inmediato y apenas seis meses después ya estaban casadas. Compartían la misma curiosidad por conocer el mundo y, cada vez que podían, aprovechaban las vacaciones para viajar con mochila al hombro, alejadas de los circuitos turísticos tradicionales . La idea no era mirar el lugar que visitaban como turistas, sino vivirlo como locales. Querían caminar las ciudades, conversar con la gente, bucear, descubrir otras culturas e imaginar, aunque fuera por unos días, cómo sería vivir allí.

Y siempre ocurría lo mismo. El último día del viaje, mientras preparaban las valijas para volver a Buenos Aires, una de las dos rompía el silencio con la misma frase: “Acá podríamos vivir”. Lo habían dicho frente al mar, en una ciudad perdida o después de una inmersión de buceo. Después subían al avión y regresaban a la rutina.

A los cargos de responsabilidad, a las reuniones, a los horarios y a una rutina que, poco a poco, empezaba a sentirse demasiado estrecha. Lo curioso es que no estaban escapando de una mala vida. Tenían buenos trabajos, estabilidad económica y proyectos profesionales que seguían creciendo. Pero algo había cambiado.

“ Cuando miramos hacia atrás nos damos cuenta de que Alaska era el destino en el mapa, pero el verdadero viaje era hacia la expansión personal y profesional. No estábamos huyendo de nada; buscábamos una vida vivida con mayor intención, donde el tiempo y las decisiones volvieran a alinearse con nuestros valores ” , reflexionan hoy.

Durante aquellos años de oficina también apareció otra pasión: el buceo . Las dos se convirtieron en instructoras y empezaron a enseñar primeros auxilios y rescate . Sin saberlo, estaban incorporando las herramientas que años después les permitirían reinventar también su manera de trabajar.

Pero el verdadero punto de inflexión nació de una idea mucho más íntima.

Gise había construido su vida alrededor de objetivos muy concretos. Antes de los 35 quería conocer Europa. Lo logró. Después se propuso otro desafío: antes de los 40 quería tener una casa propia. Como tantas personas de su generación, imaginaba que ese sueño llegaría de la mano de una hipoteca, un crédito o un departamento.

Hasta que un día entendió que quizá estaba formulando mal la pregunta. “¿Y si nuestra casa pudiera viajar con nosotras?“.

La respuesta no apareció de inmediato. Fue madurando durante años, mientras ambas seguían regresando de cada viaje con la misma sensación de que el mundo ofrecía muchas más formas de vivir de las que conocían.

El clic definitivo llegó en México. Acababan de salir de una inmersión en una cueva llamada Calimba cuando Flor, que hasta ese momento todavía dudaba, pronunció una frase que cambiaría para siempre la historia de las dos. “Volvamos. Vendamos todo”.

No era una decisión impulsiva. Durante casi dos años prepararon el proyecto con una meticulosidad que hoy desarma el mito romántico del “dejar todo”. Vendieron la mayor parte de sus pertenencias, renunciaron a sus trabajos, buscaron el vehículo adecuado y aprendieron todo aquello que nunca habían necesitado saber: mecánica, electricidad, carpintería y sistemas básicos para convertir una vieja Volkswagen en una casa rodante capaz de acompañarlas durante miles de kilómetros.

El 19 de marzo de 2019 giraron la llave de la Volkswagen por primera vez . No sabían cuánto duraría el viaje. Solo tenían una certeza: ya no querían seguir postergando la vida que imaginaban.

La primera etapa del viaje tenía un objetivo concreto: recorrer la Argentina hasta Ushuaia. No solo porque querían unir algún día el extremo sur con el norte del continente, sino porque necesitaban comprobar si esa nueva vida era realmente posible. La camioneta también estaba a prueba. Ellas, más todavía. Y dentro del propio país se sentían más seguras.

“Todo el mundo piensa que un viaje así empieza cuando girás la llave y salís a la ruta. Para nosotras había empezado mucho antes, cuando decidimos construir una vida distinta ”, cuentan.

A medida que avanzaban por el camino, fueron descubriendo algo que no habían imaginado. El viaje dejó de ser un proyecto íntimo. Gracias a su experiencia como instructoras de buceo y primeros auxilios comenzaron a dar capacitaciones en escuelas rurales, clubes y pequeñas comunidades. El boca a boca hizo el resto . De pronto, la hoja de ruta dejó de ser una línea recta. Cruzaban la cordillera una y otra vez para responder invitaciones, sumar cursos y conocer lugares que jamás habían estado en los planes iniciales.

Fuente original: La Nación

Fuente original: La Nación