Argentina despide a uno de sus mayores exponentes artísticos. Carlos Alonso, el maestro mendocino que supo fusionar la pintura con la conciencia social, falleció este sábado a los 97 años en su hogar de Unquillo, Córdoba. Su obra no solo destacó por su virtuosismo, sino por su profundo compromiso con la memoria y la verdad, convirtiéndose en un cronista visual de los años más oscuros de la historia argentina.
Entre su vasto legado, la serie «Manos Anónimas» emerge como un testimonio ineludible de la resistencia ante la represión. Esta obra, concebida inicialmente en 1976 como una instalación para el Museo Nacional de Bellas Artes, fue censurada y destruida tras el golpe militar. Sin embargo, la poderosa idea resurgió en la década de 1980 como una serie de pinturas y dibujos al pastel, hoy un emblema de la memoria colectiva.
La vida de Alonso estuvo marcada por la tragedia personal que reflejó en su arte. Su hija, Paloma Alonso Fauvety, fue secuestrada y desaparecida en julio de 1977, a los 21 años, durante un operativo ilegal. Historiadores del arte como Romina Cervi señalan que Alonso pintó a su hija «todo el tiempo» en sus obras, utilizando la figura femenina para describir la época del Proceso y así mantener viva su imagen.
«Manos Anónimas» no muestra batallas épicas, sino la irrupción del terror en lo cotidiano: allanamientos, muebles destrozados, la penumbra de los secuestros nocturnos y la ominosa figura del «hombre gris». Las manos sin rostro, que dan nombre a la serie, despojan a las víctimas de su identidad, reduciéndolas a meros números en una lista negra, tal como analizó el periodista cultural Juan Gabriel Batalla.
Tras su exilio en Italia y España, Alonso regresó a Argentina para establecerse en las sierras cordobesas. Su arte siempre buscó interpelar, incomodar y testimoniar. Hoy, mientras el mundo del arte despide al maestro, su serie «Manos Anónimas», resguardada en el Museo Evita Palacio Ferreyra de Córdoba, sigue resonando con la misma urgencia y ferocidad que hace medio siglo, como un grito que se negó a ser silenciado.
Nacido en Tunuyán, Mendoza, en 1929, Carlos Alonso se formó con grandes como Lino Enea Spilimbergo y se destacó como ilustrador de clásicos como el «Don Quijote» y el «Martín Fierro». Su vida y obra son un reflejo de la historia argentina, un legado imborrable de arte y memoria.
Fuente original: Infobae




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