El presidente Javier Milei no tiene intenciones de abandonar el estilo discursivo que lo catapultó a la Casa Rosada. Su identidad política se basa en la confrontación, la crítica a la “casta” y la presentación de la política como una batalla constante, elementos que cimentaron su liderazgo y su conexión con un electorado que sentía un profundo enojo y buscaba una voz que lo representara.

Milei llegó al poder porque logró canalizar ese malestar social, dándole no solo una descripción, sino también responsables y un propósito. Renunciar a este registro implicaría desprenderse de una parte esencial de su capital político, por lo que el mandatario continuará ocupando el rol del “radicalizado” para mantener movilizados a sus seguidores y demostrar que el ejercicio del poder no lo ha convertido en parte del sistema que prometió combatir.

Sin embargo, mantener solo el núcleo duro de sus votantes ya no es suficiente para el Gobierno. La necesidad de ampliar su base de apoyo es imperante, buscando recuperar a los desencantados y acercarse a sectores que, si bien pueden valorar algunos resultados de la gestión, aún mantienen distancia frente a las formas presidenciales.

La solución no pasa por una moderación del propio Milei, sino por una distribución más coordinada de los discursos. El Presidente conservará su tono confrontativo, mientras otros funcionarios asumirán el rol de la explicación, la previsibilidad y la moderación. En esta etapa, la orquestación de las vocerías será crucial para la estrategia.

La idea es que Milei siga apelando al electorado convencido, manteniendo viva la “épica del cambio”, mientras otros funcionarios, como el ministro de Economía, se dirijan a quienes buscan certezas y no solo gestas. Uno moviliza, el otro transmite previsibilidad; uno establece el conflicto, el otro reduce la incertidumbre. Esta diferenciación busca construir distintas puertas de entrada al Gobierno, transformando la intensidad inicial en una mayoría más consolidada.

Fuente original: Infobae