Cada 22 de agosto , el Día Mundial del Folklore pone el foco en las tradiciones que siguen contando la historia de República Dominicana y en el riesgo de que muchas de ellas desaparezcan si dejan de transmitirse entre generaciones, en un país donde la memoria cultural sobrevive en la música, los bailes, las leyendas, la gastronomía y las celebraciones comunitarias.
La fecha también remite al origen del término. Según Acento , la palabra “folklore” fue utilizada por primera vez el 22 de agosto de 1846 por el escritor británico William John Thoms en un artículo publicado en la revista The Athenaeum .
Thoms formó el concepto a partir de los términos ingleses folk, “pueblo”, y lore, “saber” o “conocimiento” . Con el tiempo, la expresión pasó a describir los conocimientos, tradiciones y manifestaciones culturales que circulan dentro de las comunidades.
En el caso dominicano, ese patrimonio está compuesto por un conjunto amplio de expresiones desarrolladas a lo largo de la historia del país. Su formación se vincula con la interacción entre herencias taína, africana y europea , además de los intercambios culturales producidos en el Caribe.
Esa mezcla aparece en la música, los instrumentos, las danzas, las celebraciones religiosas, las tradiciones populares, los relatos y las costumbres de distintas comunidades . Algunas de esas manifestaciones tienen una presencia más fuerte en regiones o localidades concretas y responden a procesos culturales propios.
Entre las expresiones más reconocidas figuran el merengue y la bachata. Ambos géneros fueron inscritos por la Unesco en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
El merengue ocupa un lugar central en la identidad dominicana y mantiene presencia en celebraciones populares y en escenarios nacionales e internacionales. La bachata, por su parte, pasó de estar asociada sobre todo a sectores populares a convertirse en una expresión musical con reconocimiento internacional.
El folklore musical del país no se limita a esos dos géneros. El diario también menciona los palos, el gagá, los Congos de Villa Mella y otras expresiones tradicionales estrechamente ligadas a las comunidades donde se practican.
Otra manifestación mayor de la cultura popular es el carnaval dominicano . Sus personajes, máscaras, disfraces, música y desfiles cambian de una localidad a otra y reflejan las características culturales de cada comunidad.
Ese espacio también preserva personajes y símbolos que forman parte del imaginario popular. A esa trama se suman las fiestas patronales y otras celebraciones comunitarias, donde conviven elementos religiosos, musicales y sociales transmitidos de generación en generación.
La tradición oral ocupa otro lugar central dentro del folklore dominicano. Relatos sobre figuras como la Ciguapa y el Bacá continúan integrando la memoria colectiva, aunque sus versiones cambien según la región o la persona que los narra.
También forman parte de ese patrimonio intangible las creencias populares, los refranes, las adivinanzas y los cuentos. Se trata de saberes que muchas veces no están escritos, pero sobreviven a través de la transmisión oral.
La comida tradicional también expresa esa historia cultural. Las formas de preparar platos, los ingredientes utilizados y las costumbres asociadas con la alimentación reflejan la experiencia acumulada de una comunidad.
Lo mismo ocurre con la artesanía y los oficios tradicionales. Las técnicas para trabajar materiales, elaborar objetos o representar símbolos culturales constituyen conocimientos que pueden pasar de padres a hijos y de maestros a aprendices.
La conmemoración del 22 de agosto busca valorar esas expresiones y subrayar la importancia de preservarlas. Según la publicación, conservar el folklore no implica congelar las costumbres, sino documentarlas, enseñarlas y permitir que evolucionen sin perder el vínculo con sus raíces.
Fuente original: Infobae
Fuente original: Infobae





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