La noticia sacude a Perú y pone en evidencia una cruda realidad social: la policía del Callao detuvo, por quinta vez, a un menor de tan solo 14 años, conocido en el ambiente delictivo como «Juanka», quien presuntamente lideraba su propia banda criminal. Este joven, ya vinculado a por lo menos dos homicidios y una red de extorsiones en la zona portuaria, es un ejemplo alarmante de la creciente participación de niños y adolescentes en la violencia, un reflejo del abandono social en los barrios más vulnerables del país vecino.
La vida de «Juanka» dista mucho de la de cualquier chico de su edad. Lejos de las preocupaciones escolares o las reuniones con amigos, su día a día giraba en torno a consolidar poder dentro de su grupo, autodenominado «Los Calacos Nueva Generación». No era raro verlo ostentar armas de fuego, incluyendo una mini Uzi de fabricación casera que, según trascendió, él mismo habría encargado. Una fiesta de quince años, documentada en un reciente reportaje, lo mostró exhibiendo la remera de un compañero fallecido, otra víctima de la brutal guerra entre bandas.
El operativo policial, a cargo del Escuadrón Verde y el grupo Terna, fue meticuloso. Tras ubicar tres de los refugios donde «Juanka» y su banda solían esconderse, los agentes irrumpieron en una cuadra de alta complejidad criminal. Los delincuentes utilizaban «campanas» para alertar sobre la presencia policial, lo que requirió una coordinación impecable. Durante la redada, se detuvo a cuatro menores y un adulto, incautándose dos armas –una pistola y la mencionada mini Uzi– y casi 250 gramos de marihuana. Las pericias confirmaron la presencia de residuos de disparos en «Juanka» y otros integrantes, evidenciando su activa participación en hechos violentos. «Es un joven frío, calculador, sin miedo a nada», describió el general Marco Conde Cuellar, jefe policial del Callao, subrayando la indiferencia del grupo ante la muerte y su único interés en el dinero para las drogas.
El trasfondo social de «Juanka» y sus cómplices es desolador: hogares sin figuras parentales, extrema precariedad y un consumo de drogas que se vuelve rutina, relegando incluso la alimentación. «Rulis», otro pibe de la banda, contó que aprendió a usar armas de muy chico, a los 13 años, tras la muerte de su madre y sin conocer a su padre. «Teo», por su parte, con su madre en el exterior, anhela emigrar, consciente de que en su entorno solo le esperan la cárcel o la muerte. Los tatuajes de la Santa Muerte y el símbolo del dólar en el «dedo gatillero» son sellos distintivos entre ellos, un crudo símbolo de su realidad.
La reiterada detención de «Juanka» reaviva el debate sobre el tratamiento penal de menores en conflicto con la ley. El intendente del Callao, César Pérez, ya anunció un proyecto para reformar el Código de Niños y Adolescentes, buscando establecer centros de rehabilitación con apoyo psicológico y pedagógico, una medida urgente para intentar torcer el destino de tantos chicos atrapados en la espiral de la violencia y el abandono.
Fuente original: Infobae

