Es una escena recurrente en la vida de muchos: en medio de una discusión o un momento de tensión, una frase, un tono de voz o un gesto aflora, y de repente, nos damos cuenta de que estamos actuando exactamente como nuestros padres, a pesar de haber prometido mil veces que nunca lo haríamos. Es una sensación extraña, casi como si una fuerza invisible nos impulsara a repetir esos patrones.

La psicología ofrece una explicación a este fenómeno. Según estudios como los de Albert Bandura, psicólogo de Stanford y pionero en el aprendizaje social, los niños absorben comportamientos observando a los adultos significativos que los rodean. Sin necesidad de instrucciones explícitas, codifican cómo se maneja la ira, el estrés o el miedo, qué recibe atención o qué se ignora. Estos mandatos implícitos sobre la masculinidad o la feminidad, la expresión emocional o la priorización de valores se internalizan mucho antes de que tengamos la capacidad consciente de cuestionarlos o prometer cambiarlos.

La intención de ser diferente es real y reside en nuestra mente consciente. Sin embargo, bajo presión extrema, es cuando los viejos patrones, profundamente arraigados, resurgen. La psicóloga clínica Lisa Firestone señala que las personas son más propensas a replicar los comportamientos parentales en momentos de estrés, cuando las respuestas automáticas toman el control. No es una falta de voluntad, sino que el cuerpo y la mente recurren a los recursos que más tiempo han ensayado, haciendo que el distanciamiento, el silencio o la explosión reaparezcan en las situaciones más complejas.

Afortunadamente, el paso del tiempo y la madurez pueden ofrecer una perspectiva diferente. Investigaciones, como la liderada por Jeewon Oh de la Universidad Estatal de Míchigan, sugieren que la empatía tiende a aumentar con la edad, especialmente a partir de los 40 años. Esta madurez permite ver a la figura paterna no solo como un modelo a evitar, sino como alguien que hizo lo mejor que pudo con los recursos y el contexto que tenía. Comprender la raíz de ciertos hábitos no los justifica si son dañinos, pero sí permite desarrollar una empatía que, paradójicamente, nos da la fuerza para determinar qué aspectos de esa herencia queremos conservar y cuáles estamos decididos a terminar en nuestra propia generación.

Fuente original: Clarín