Evelin Bauer Pegoraro presenta su libro Quién está ahí, un relato íntimo y profundo que desentraña su compleja historia de identidad en Argentina. En un café del microcentro porteño, con la calma de quien ha procesado un pasado tumultuoso, Evelin comparte su perspectiva única: la de una hija de desaparecidos que se niega a ser definida únicamente como «víctima». Su obra no solo narra los hechos judiciales, sino que explora cómo integrar una verdad tan dura en la cotidianidad, invitando a una reflexión sobre la memoria, la justicia y la construcción personal.

La vida de Evelin dio un giro inesperado en 1999, un sábado por la tarde, cuando un timbre irrumpió en su casa de Mar del Plata. Allí vivía con Policarpo Luis Vázquez, un ex suboficial de la Armada y ex encargado de contrainteligencia, y Ana María Ferrá, quienes la habían criado desde bebé como su hija biológica. Sin embargo, la verdad era otra: Evelin había sido apropiada. Esa irrupción judicial marcó el inicio de una búsqueda que la confrontaría con los horrores de la dictadura militar y la obligaría a redefinir todo lo que creía saber sobre sí misma.

El punto central de su testimonio reside en su decisión de no utilizar su ADN como prueba judicial contra Vázquez, el hombre que la crio y a quien ella consideraba su padre. Esta postura, que podría parecer contraintuitiva en un país que refundaba su gramática política bajo la trilogía de «Memoria, Verdad y Justicia», fue para Evelin una forma de atrincherar su subjetividad y reedificar su propia idea de identidad. «Mi negativa al ADN no implicaba a esta altura el desconocimiento de mi origen. Lo que no quería era que me obligaran a condenar a mi papá», explica, revelando la profunda tensión entre la verdad biológica y el lazo afectivo.

A pesar de su resistencia inicial, la justicia avanzó. El 14 de febrero de 2008, una jueza ordenó la recolección de muestras de ADN. Dos meses después, el resultado fue contundente: Evelin era hija de Rubén Santiago Bauer y Susana Beatriz Pegoraro, ambos secuestrados y desaparecidos durante la dictadura, con Susana embarazada de cinco meses al momento de su captura en 1977. La bebé, Evelin, nació en la ESMA y luego fue entregada a otra familia, su familia adoptiva. Este descubrimiento biológico, sin embargo, no cerró el debate interno para Evelin, sino que abrió nuevas preguntas sobre cómo procesar esa verdad sin anular su propia experiencia y sentimientos.

En su libro, Evelin explora la carga simbólica de palabras como «desaparecidos», «sangre» o «cautiverio», y cómo estas colonizaron su cotidianidad. Su proceso de escritura fue una forma de «alivianar» ese léxico, no para olvidar el crimen, sino para disputarle al trauma la última palabra sobre el lenguaje. Ella, que estudió ingeniería informática y se sentía ajena al ámbito político, tuvo que construir un idioma privado para sobrevivir a la captura del discurso público. Su relato es un testimonio de resiliencia, de cómo se puede empatizar con la historia de sus padres biológicos sin por ello juzgar el camino del hombre que la crió, reconociendo que «él hizo algo que no estaba bien y tuvo que hacerse cargo», pero que ella, como hija, no es quien debe juzgar.

Hoy, Evelin Bauer Pegoraro afirma con convicción: «No soy víctima». Su libro, que en su momento fue un «grito», ahora se presenta como una «voz cálida», templada, que busca ofrecer otra mirada. Para ella, la identidad no es una respuesta fija, sino un camino de preguntas constantes, una fuerza permeable con una «llamita interna» que guía. Su historia es un potente recordatorio de la complejidad de la memoria y la identidad en un país marcado por heridas profundas, y de la capacidad humana para reconstruir y redefinir su propio relato más allá de las circunstancias impuestas.

Fuente original: Clarín