Basta cruzar el arco de Arribeños y Juramento para que el Belgrano de las veredas anchas, los edificios históricos, las torres, las barrancas y los paseadores de perros empiecen a quedar lejos .
No es China, por supuesto. Tampoco pretende serlo. El Barrio Chino porteño es una zona pequeña y con espesura, que empezó a formar su identidad en la década de 1980 cuando se instalaron familias, principalmente, taiwanesas .
Con sus restaurantes, supermercados, comercios y templos, llegó también la posibilidad de que la Ciudad de Buenos Aires, «la reina diversa» , se mire a sí misma a través de una nueva diferencia .
Pasear por el Barrio Chino un día de semana tiene la ventaja de eludir multitudes y permitir airearse la cabeza.
El primer imán suele ser visual. El arco, los leones (con la bola de la suerte en la boca) y los carteles que no sabemos leer. Después, el olfato: pescado, especias, caldos, frituras . Luego, las manos: paquetes de algas, tés, salsas y objetos que no sabíamos que existían y que, de pronto, parecen tan necesarios.
Entonces aparece una pregunta menos “turística”: ¿qué buscamos hoy, cuando tantos creen que el mundo está a un clic, en lo “exótico”?
Quizás, antes que nada, queremos una pausa . Algo que rompa la rutina. Una palabra que no podemos pronunciar. Un alimento cuyo nombre ignoramos. Una celebración que no coincide con nuestro calendario.
Pero el asunto obliga a detenerse frente al arco del Barrio Chino y preguntarse cuánto de aquello que consideramos «oriental” pertenece a las personas que viven esas culturas y cuánto a nuestra imaginación sobre ellas.
Porque lo exótico viene con trampa. Podemos mirar la diferencia con curiosidad o convertirla en decorado . Podemos interesarnos por una comida, una lengua o una fiesta o reducirlas a una colección de colores, sabores y objetos “raros”. El otro puede ser una persona que queremos conocer ( de miedos y odio hay demasiado ) o parte de una escenografía.
El Barrio Chino resulta interesante porque es un espacio comercial y todavía es también un lugar de encuentro de comunidades .
Uno puede entrar buscando un paquete de fideos de soja, enternecerse ante una góndola repleta de peluches y salir preguntándose qué valor le da a lo diferente .
Tras el paseo, Belgrano recupera su aspecto conocido, habitual . Pero algo puede quedar desplazado. Al menos durante unas horas, nuestra ciudad tiene magia de extranjera.
Será que a veces lo más curioso no es aquello que viene de lejos y que ponemos afuera , sino mirar lo cotidiano como si fuera nuevo. Abrir una ventana para asomarse a uno mismo, como hacen los viajeros expertos.
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Fuente original: Clarín
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