J.R.R. Tolkien, el aclamado autor detrás de las épicas sagas de «El Hobbit» y «El Señor de los Anillos», no solo nos legó mundos fantásticos y personajes inolvidables, sino también una profunda filosofía de vida. Una de sus frases más resonantes, pronunciada por el personaje Thorin Escudo de Roble en su lecho de muerte, nos invita a reflexionar sobre qué valoramos realmente: «Si muchos de nosotros diéramos más valor a la comida, a la alegría y a las canciones que al oro atesorado, este sería un mundo más feliz». Este mensaje, surgido en 1937, mantiene una vigencia asombrosa en nuestra sociedad actual.

La vida de Tolkien estuvo marcada por desafíos desde temprana edad. Nacido en Sudáfrica y huérfano de padre a los tres años, y de madre a los doce, pasó su adolescencia en orfanatos, siendo educado por sacerdotes. Estas experiencias forjaron en él una profunda apreciación por los vínculos humanos y las pequeñas alegrías. La cita de Thorin, que busca la reconciliación con Bilbo Bolsón tras haber sido cegado por la codicia del tesoro de Erebor, encapsula la «enfermedad del dragón» que Tolkien describía: una avaricia desmedida que corrompe el espíritu y aísla al individuo.

Los elementos que Tolkien contrapone al oro —la comida, la alegría y las canciones— tienen una característica fundamental: se disfrutan en comunidad. La mesa compartida como punto de encuentro, la música como expresión colectiva del alma y la alegría como resultado de cultivar relaciones humanas sólidas. Esta sencillez de los hobbits, que valoran la amistad, la naturaleza y los festines, contrasta fuertemente con la obsesión por el poder material y la acumulación de riquezas que lleva a la desdicha y la soledad.

En el vertiginoso mundo moderno, la riqueza no se limita solo al dinero, sino también a la visibilidad en redes sociales, el estatus laboral y la productividad constante. La prisa, la acumulación de tareas y el miedo a «no ser suficiente» nos alejan de esos momentos de pausa y conexión genuina. El arte y la música, que antes eran actividades grupales, se han transformado en consumo individual. La paradoja es que sacrificamos lo que realmente nos hace felices —los vínculos y el presente— por medios que supuestamente sustentan esa felicidad.

La obra de Tolkien, y en particular esta reflexión, nos impulsa a desarmar la prisa y a apostar por la convivencia y la creación cultural. Nos recuerda que la verdadera felicidad no reside en la acumulación, sino en habitar la vida con respeto, valorando los momentos compartidos, la sencillez y la profunda humanidad. Un mensaje atemporal que nos invita a construir un mundo más feliz, un encuentro a la vez, una canción a la vez, una alegría compartida a la vez.

Fuente original: Clarín