La historia de Cristóbal Colón está llena de episodios memorables, pero pocos tan dramáticos y astutos como el que le permitió salvar su vida y la de su tripulación durante su cuarto y último viaje al continente americano.
En mayo de 1502, Colón partió de Cádiz con cuatro embarcaciones. Después de explorar las costas centroamericanas en busca de un paso hacia el Pacífico, la travesía se transformó en una verdadera odisea. Problemas con los pueblos originarios en Panamá y un motín interno mermaron sus fuerzas. Posteriormente, una plaga de moluscos que devoraban la madera de sus naves los dejó varados en Jamaica en junio de 1503.
Una vez en Jamaica, la supervivencia de Colón y sus hombres dependía del intercambio de bienes con los nativos, quienes les proveían de alimentos esenciales como yuca y pescado a cambio de baratijas españolas. Sin embargo, el descontento creció entre los indígenas, que se sentían estafados. Para febrero de 1504, la tensión era insostenible: los suministros cesaron y se gestaba un ataque inminente contra los europeos.
Fue entonces cuando el almirante, con un conocimiento privilegiado de la astronomía gracias a almanaques de la época, ideó un plan. Sabiendo que un eclipse lunar total ocurriría la noche del 29 de febrero, convocó a los caciques tres días antes y les advirtió que el Dios cristiano, furioso por la falta de cooperación, borraría la Luna del cielo como señal de su castigo, tiñéndola de un color sangriento.
Aunque inicialmente hubo escepticismo, la noche del 29 de febrero, bajo un cielo despejado, la sombra de la Tierra comenzó a cubrir la Luna. El pánico se apoderó de los nativos al ver cómo el satélite se tornaba rojizo. Desesperados, corrieron hacia los barcos, llevando provisiones y suplicando el perdón. Colón, manteniendo la calma, se retiró a su cabina, cronometrando el evento. Cincuenta minutos después, regresó para anunciar que Dios los había perdonado y que la Luna volvería a brillar gradualmente. Al ver la Luna recuperando su esplendor, los indígenas cumplieron su promesa, abasteciéndolos hasta que llegó el rescate meses después. Esta anécdota no solo salvó a Colón, sino que también inmortalizó la precisión de las tablas astronómicas de la época y sirvió de inspiración para numerosas obras literarias.
Fuente original: Infobae




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