Un equipo de investigadores, liderado por el geólogo argentino Alberto Saal de la Universidad Brown, ha logrado un descubrimiento que reescribe la historia de nuestro satélite natural. Tras años de estudio de rocas lunares traídas por las misiones Apolo de la NASA, los científicos confirmaron la presencia de agua en la Luna desde sus etapas más tempranas, un hallazgo que desafía las teorías previas sobre su formación.

Las muestras analizadas por Saal y sus colegas provienen de las misiones Apolo 15 y 17, que a principios de los años 70 recolectaron valioso material de la superficie lunar. En particular, el foco estuvo en diminutas perlas de vidrio volcánico, formadas hace más de 3.000 millones de años durante intensas erupciones magmáticas en el interior de la Luna. Estas pequeñas esferas, que se enfriaron rápidamente, actuaron como cápsulas del tiempo, preservando información crucial sobre las condiciones internas del satélite.

El estudio, publicado en la prestigiosa revista Nature, reveló que estas perlas de vidrio contenían cantidades microscópicas de agua. Utilizando una técnica de vanguardia desarrollada por Erik Hauri del Carnegie Institution for Science, capaz de detectar trazas ínfimas, los investigadores determinaron que el magma lunar original podría haber contenido hasta 750 partes por millón de agua, una concentración similar a la de los magmas primitivos encontrados en el fondo de los océanos terrestres. Saal destacó la importancia de este hallazgo, señalando que «están revelando algo sobre el origen de la Luna y la Tierra, y la presencia de agua en épocas muy tempranas».

Para asegurar la validez de su descubrimiento, el equipo realizó exhaustivos análisis para descartar cualquier tipo de contaminación externa, como el viento solar o el hidrógeno proveniente del espacio. Las pruebas confirmaron que las señales de agua eran intrínsecas a las muestras, originarias del interior lunar. Esto sugiere que el agua presente en los polos de la Luna, que hasta ahora se creía proveniente exclusivamente de asteroides y cometas, podría tener también un origen endógeno, es decir, generado desde el propio satélite.

Este avance no solo profundiza nuestra comprensión de la geología lunar, sino que también tiene implicaciones significativas para futuras exploraciones espaciales y la posibilidad de establecer bases humanas en la Luna. La idea de que la Luna albergó agua desde su formación abre nuevas perspectivas sobre la habitabilidad de otros cuerpos celestes y la distribución del agua en el sistema solar.

Fuente original: Clarín