La propuesta suena simple y no lo es: dejar de lado el aparato crítico, la bibliografía, las tesis, los congresos, y volver al placer. Sacarse de encima a Genette , a Sarlo , a Piglia , a los que lo leen como precursor del hipertexto y a los que lo leen como síntoma del liberalismo argentino. Abrir el libro y leer . Pero, el problema es que Jorge Luis Borges construyó su obra con los materiales de la crítica. «Pierre Menard, autor del Quijote» es una necrológica escrita por un pedante resentido. «El acercamiento a Almotásim» es la reseña de una novela que no existe, y funcionó tan bien como reseña que hubo lectores que encargaron el libro a Londres: Bioy Casares contaba que un amigo suyo lo pidió a una librería inglesa. «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» arranca con una discusión bibliográfica sobre una entrada de enciclopedia. «Examen de la obra de Herbert Quain» es literalmente un examen de una obra. Historia universal de la infamia se presenta como compilación de fuentes, con bibliografía al final, y la bibliografía es en parte falsa. De modo que la instrucción “leelo sin análisis” es una instrucción imposible, porque el análisis está adentro. No es un injerto de los estudiosos: es el músculo del texto.
Lo que sí se puede sacar es otra cosa: la obligación. La diferencia entre leer y estudiar no está en la inteligencia que uno pone, está en quién manda. Cuando uno estudia, manda el programa: hay que llegar al final, hay que poder decir algo, hay que justificar el tiempo. Cuando uno lee porque sí , manda el gusto, que es un órgano mucho menos tonto de lo que suponen los que lo desprecian. Uno puede abandonar. Puede saltear o releer cuatro veces la misma página y no pasar a la siguiente. Puede darse cuenta de que un cuento célebre lo aburre y anotarlo sin pedir disculpas.
Ese es el experimento. Y el experimento tiene sentido únicamente si puede salir mal. Si me siento a leer a Borges habiendo decidido de antemano que voy a confirmar que es uno de los mejores escritores de la historia . No estoy leyendo: es un gesto, tomando una posición previa y cargando a la lectura de expectativas. Una certeza que necesita renovarse cada tanto no es una certeza, es una costumbre con buena prensa. La única forma honesta de hacer esto es leerlo con la posibilidad abierta de que algo se caiga y se cae bastante. Pero lo que queda, queda para siempre.
Conviene recordar que el programa de leer sin obligación no lo inventé yo. Lo predicó él, con insistencia de viejo cascarrabias, durante los últimos veinte años de su vida. Recuerdo una cita suya, que me la puedo haber inventado, con respecto a la lectura de Shakespeare : si no le gusta Shakespeare no pasa nada, puede que Shakespeare no sea para usted, o usted no sea para Shakespeare . El lector y el autor mano a mano, cabeza a cabeza.
En 1985 la editorial Hyspamérica le encargó una colección de clásicos elegidos por él, con prólogo suyo para cada título. La Biblioteca personal quedó trunca por su muerte, en 1986, pero los prólogos alcanzan para entender el criterio, que era escandalosamente antiacadémico: incluyó a Voltaire y a Kipling , y también a Eden Phillpotts y a los cuentos de Las Mil y una noches en la versión que le gustaba, no en la mejor. Le importaba menos el canon que la fidelidad al propio placer. En el prólogo general dijo lo que venía diciendo en cada reportaje desde los años sesenta: que no hay que leer lo que aburre, que el deber es incompatible con la felicidad de la lectura , que un libro que a uno se le cae de las manos hay que dejar que se caiga.
Hay dos documentos donde se lo escucha leer así, en voz alta, sin protocolo. Uno son las conferencias que dictó en Harvard entre 1967 y 1968. Habla de memoria, sin papeles, porque hacía más de diez años que no podía leer, y cita versos ingleses del siglo XVII con la exactitud de un tipo que los repasa todas las noches antes de dormir. El otro es Borges profesor , el curso de literatura inglesa que dio en Filosofía y Letras en 1966. En las dos series pasa lo mismo, y es lo que hace que valgan la pena: Borges no explica los textos, los muestra . Cuenta el argumento de Beowulf como quien cuenta una película que vio el domingo. Dice que tal poema es hermoso y después lo recita para probarlo, que es la única prueba que existe. Cuando algo no le gusta, lo dice sin construir una teoría para justificarlo. Borges perdió la vista funcional alrededor de 1955, el mismo año en que lo nombraron director de la Biblioteca Nacional . A partir de ahí no leyó más en el sentido físico del verbo. Le leían: su madre, sus amigos, los estudiantes, después Kodama. Y releía de memoria lo que había memorizado antes. Los últimos treinta años de su vida, el hombre más asociado a la idea de biblioteca en el siglo XX fue alguien que no podía abrir un libro y encontrar un dato. Solo le quedaba el placer : lo que se había aprendido porque le gustaba. Todo lo que había leído por deber se le borró. Cada vez que leo a Borges lo hago en desorden, salteado, y, a la vez, vuelvo siempre a los mismos textos. Es como un i-ching personal : abro las páginas y son las mismas siempre, y siempre mutan.
«El Sur» sigue siendo mi cuento preferido. Ocho páginas. Juan Dahlmann, secretario de una biblioteca municipal en Buenos Aires, se golpea la frente con el filo de un batiente recién pintado mientras sube una escalera, apurado por leer un ejemplar recién comprado de Las mil y una noches . Septicemia. Sanatorio. Agujas, pesadillas, humillación del cuerpo. Después la convalecencia y el viaje al sur, a la estancia familiar, en tren. Un almacén en la llanura. Unas bolitas de miga que le tiran unos peones borrachos. Un cuchillo que un viejo gaucho le arroja desde un rincón. Y el final, que consiste en que el hombre sale a la llanura a morir peleando. La pregunta que nos hacemos es si el viaje ocurre, o el viaje es la alucinación de un moribundo en el sanatorio, y la muerte a cuchillo es la muerte que Dahlmann hubiera elegido en lugar de la que le tocaba. Borges casi lo declara en el prólogo del libro. Y sin embargo, leído porque sí, lo que produce el cuento no es el enigma. Es otra cosa, más física: la sensación de que la prosa se acelera exactamente en el mismo punto en que se acelera el pulso del personaje. Las frases del sanatorio son largas, sucias, llenas de subordinadas. Las del almacén son cortas. El último párrafo tiene el ritmo de alguien que ya decidió. No hay una sola palabra de más en las últimas cuarenta líneas, y no hay una sola palabra de adorno. Y cuando leemos porque sí podemos decir que el accidente de Dahlmann es el accidente de Borges. En la Nochebuena de 1938 se golpeó la cabeza contra el filo de una ventana abierta al subir una escalera, entró en un cuadro séptico, estuvo semanas grave y creyó que había perdido la capacidad de escribir. Para averiguarlo eligió escribir algo que nunca había hecho, de manera que el fracaso no probara nada: le salió «Pierre Menard, autor del Quijote» , publicado en Sur en 1939. Es decir que el golpe en la cabeza le dio dos veces: le dio la obra que conocemos, y quince años después le dio el cuento en el que se mata a sí mismo de la manera opuesta a como iba a morirse,
Otro cuento al que vuelvo sin cesar es «La casa de Asterión» , tiene dos páginas y media. Un narrador en primera persona, dueño de una casa infinita, se queja de que la gente lo evita, describe sus juegos solitarios, aclara que no sabe leer, comenta que cada nueve años entran nueve hombres a la casa y él los libera de todo mal. Al final hay una línea de diálogo, en boca de otro, que reordena las dos páginas anteriores hacia atrás. Uno ya sabe quién habla y sigue leyendo con la incomodidad de estar del lado equivocado. Es una clase magistral de ficción .
«Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» es para mí el cuento que más recompensa el intento. Empieza con dos amigos discutiendo en una quinta de Ramos Mejía, una cita sobre los espejos y la cópula, y la sospecha de que un país llamado Uqbar existe únicamente en un ejemplar de una enciclopedia pirata que tiene cuatro páginas de más. De ahí se pasa a un planeta entero, Tlön, inventado por una sociedad secreta a lo largo de siglos, con sus idiomas sin sustantivos, su filosofía idealista, su geometría, sus escuelas que niegan la existencia del pasado. Y después el planeta empieza a filtrarse en el mundo real: aparecen objetos de Tlön, una brújula con caracteres desconocidos, un cono de metal insoportablemente pesado, y las escuelas y los diarios adoptan la historia inventada porque es más ordenada que la verdadera. Y hoy en día este cuento provoca escalofríos actualizados: un relato falso, coherente y agradable desplaza a la realidad porque es más cómodo de habitar, y lo hace no por la fuerza sino por el prestigio.
«Funes el memorioso» podría también ser escrito hoy. Un muchacho de Fray Bentos se cae de un caballo, queda paralítico y con una memoria que no olvida nada: cada hoja de cada árbol que vio, cada forma de las nubes del amanecer del treinta de abril de 1882. Inventa un sistema numérico donde cada número tiene un nombre propio. Le cuesta entender que el perro de las tres y catorce visto de perfil sea el mismo perro que a las tres y cuarto visto de frente. Borges concluye que Funes no es capaz de pensar, porque pensar es olvidar diferencias, generalizar, abstraer. Ese cuento de 1942 describe un problema técnico real. No lo digo para hacer al Borges profeta , que es un género aburrido, sino porque ahí está el fondo de la discusión filosófica sobre la inteligencia artificial: una máquina que contiene todo el conocimiento del mundo y a la que le pasa exactamente lo que a Funes y qué hacer de eso.
Y después está el que todos citamos, «El Aleph» , que releído sin reverencia resulta ser sobre todo una comedia de rencor literario. La mitad del cuento es la descripción de Carlos Argentino Daneri, poeta espantoso, que está escribiendo un poema en el que se propone versificar el planeta entero y del que lee fragmentos abominables, con sus propias notas al pie explicando por qué son geniales. Daneri es un retrato de un tipo de escritor argentino que sigue vivito y coleando y que nos explica por qué su literatura es tan difícil de entender, y el narrador que se llama Borges lo odia con una prolijidad que da risa. El punto luminoso que contiene todos los puntos del universo aparece en el sótano de la casa de un poeta malo, en la calle Garay, y el poeta malo gana el Segundo Premio Nacional de Literatura mientras el narrador no gana nada. En 1942 Borges perdió el Premio Nacional con El jardín de senderos que se bifurcan , y sus amigos de Sur le organizaron un número entero de desagravio en julio de ese año. Escribió «El Aleph» pocos años después. La eternidad, en ese cuento, está atendida por el resentimiento, y el resentimiento le sale mejor que la eternidad, y, dicho sea de paso, tenía fundamento. Borges fue un escritor local y minoritario hasta cerca de los sesenta años . Lo consagró el extranjero: en 1961 compartió el premio Formentor con Samuel Beckett , y recién entonces empezaron a llegar las traducciones, las cátedras, las invitaciones y el consenso argentino. Tenía sesenta y un años, estaba ciego desde hacía seis y ya había escrito todo lo que hoy se lee. El país que hoy lo usa como emblema se enteró de que lo tenía cuando se lo dijeron en francés.
Otro artículo sería necesario para hablar de la belleza de su poesía, la profundidad de sus ensayos y clases, la negación a la novela, las milongas extemporáneas, la escritura con Bioy y el Borges de Bioy que es tal vez el mejor libro que uno pueda leer si quiere leer a Borges y no porque sí.
Queda la pregunta práctica: por dónde empezar. La respuesta es que da igual, y que conviene que dé igual. Casi todo lo que escribió entra en ocho páginas o menos. Algunos cuentos se leen de parado en una librería, sin comprar el libro. «El Sur» dura lo que dura un viaje en subte. Las milongas piden alguien enfrente y voz alta. «El Aleph» se lee de noche, que es cuando el chiste se entiende mejor. Y si a las tres páginas el cuento aburre, se cierra el libro y no pasa nada: fue él el que dio el permiso. El aparato crítico existe, es enorme, en buena medida es bueno, y no es la puerta de entrada: es lo que uno puede hacer después, si quiere, si le sobra tiempo, si le divierte. Lo que conviene siempre es leer a Borges porque sí .
En 1923, cuando publicó el primero, Borges no sabía cómo repartirlo. Fervor de Buenos Aires lo pagó el padre, lo imprimió la imprenta Serantes en cinco días, trescientos ejemplares sin índice y con las páginas sin numerar. No lo mandó a las librerías ni a los críticos. Le llevó unos cincuenta ejemplares a Alfredo Bianchi , uno de los directores de la revista Nosotros , y le pidió un favor rarísimo: que los fuera metiendo en los bolsillos de los sobretodos que los periodistas dejaban colgados en el perchero de la redacción. Bianchi se divirtió y aceptó. Después Borges se embarcó rumbo a Europa. Cuando volvió, un año más tarde, algunos de los habitantes de aquellos abrigos habían leído los poemas, y algunos habían ya habían comenzado a escribir sobre ellos. A ninguno de esos hombres le habían dicho que eso era importante. No había programa, ni bibliografía, ni congreso, ni deber. Había un libro apareciendo en el bolsillo de un abrigo, puesto ahí por un desconocido de veintitrés años, y una noche cualquiera de 1923 en la que alguien lo abrió sin ninguna razón. Ese sigue siendo el trato. Y sigue siendo el mejor plan.
Fuente original: Infobae
Fuente original: Infobae





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