La historia de José Salvador Alvarenga comenzó el 17 de noviembre de 2012 , una fecha que marcaría el inicio de una odisea sin precedentes. El pescador salvadoreño, radicado en México, zarpó desde Chiapas junto a un joven compañero, Ezequiel Córdoba , con la intención de realizar una jornada de trabajo rutinaria. Sin embargo, una violenta tormenta alteró drásticamente el curso de los acontecimientos, ya que dañó severamente el motor y dejó a la embarcación de siete metros a la absoluta deriva en la inmensidad del océano Pacífico.

El plan inicial de pesca se transformó rápidamente en una lucha desesperada por la supervivencia, donde Alvarenga y Córdoba se encontraron pronto sin suministros básicos , por lo que dependían exclusivamente de una hielera que apenas contenía los recursos para una sola jornada . La escasez de agua dulce y alimentos sólidos obligó al náufrago a implementar métodos de supervivencia extremos para evitar la deshidratación y el colapso metabólico . Ante la ausencia de provisiones, Alvarenga comenzó a cazar aves marinas, tortugas y peces con sus propias manos , consumiéndolos en su mayoría crudos , una práctica vital que le permitió obtener nutrientes esenciales y evitar cuadros graves como el escorbuto en un entorno absolutamente hostil.

El desafío psicológico y físico fue agravado por la pérdida de su compañero, ya que tras semanas de sufrimiento a bordo debido al consumo de carne de ave en mal estado , Ezequiel Córdoba murió . Alvarenga narró que, tras el deceso, navegó junto al cuerpo de su amigo durante seis días adicionales hasta que, por razones de higiene y descomposición, decidió arrojar sus restos al océano . La soledad se convirtió entonces en el principal enemigo y, para conservar la estabilidad mental y no perder la noción temporal durante los meses de aislamiento, el náufrago solía contar los ciclos de la Luna , una técnica de disciplina interna que le permitió mantener el foco mientras esperaba ser avistado por alguna embarcación.

La hidratación representó el mayor desafío e incluso el propio Alvarenga reconoció recurrir a medidas drásticas: “En jornadas extremas, sobreviví bebiendo mi propia orina y consumiendo la sangre de animales marinos ”. El sol, las tormentas constantes y el constante peligro de naufragar fueron elementos recurrentes durante los 438 días que duró su travesía . El salvadoreño recorrió una distancia estimada de 10.800 kilómetros desde las costas mexicanas hasta el atolón Ebon, en las Islas Marshall .

El final del periplo ocurrió el 30 de enero de 2014 , cuando Alvarenga divisó tierra firme y, tras volcar su embarcación, logró llegar a la orilla , donde fue socorrido por los habitantes locales, quienes dieron aviso a las autoridades. Su rescate captó inmediatamente la atención mundial y, si bien su relato generó inicialmente dudas, diversos oceanógrafos confirmaron posteriormente que las corrientes y los patrones meteorológicos de la zona coincidían con la trayectoria narrada , lo que validó la veracidad de la historia .

A su regreso, Alvarenga no solo enfrentó secuelas físicas , sino también un complejo proceso de readaptación y conflictos legales . La familia de Córdoba presentó una demanda por un millón de dólares bajo acusaciones de canibalismo , alegatos que Alvarenga negó categóricamente. Incluso, insistió en que su única meta fue intentar cumplir la promesa de devolver el cuerpo de su compañero a su madre . Posteriormente, el náufrago volcó su experiencia en el libro titulado Salvador , donde detalló el trauma derivado del aislamiento y la fobia a las multitudes que desarrolló tras volver a la vida civil. Su odisea de 14 meses sigue siendo hoy un testimonio documentado sobre el instinto humano y la resistencia física ante las condiciones de supervivencia más adversas jamás registradas en el océano moderno .

Fuente original: La Nación

Fuente original: La Nación