En el corazón de la Sierra de Famatina, en La Rioja, a más de 2.000 metros sobre el nivel del mar, reside Máximo “May” Ruarte, un hombre de 80 años que personifica la sabiduría ancestral y la conexión profunda con la tierra. Conocido como el minero artesanal más antiguo de la región, May dedica su vida a una práctica de lavado de oro sostenible, que se contrapone a la minería industrial al prescindir completamente del uso de químicos tóxicos.
La vida de May y su esposa transcurre en un aislamiento sereno en las alturas riojanas. Su hogar, alimentado por un panel solar y un mechero de kerosene como respaldo, es un testimonio de autosuficiencia. Este paraje es conocido como “la mariposa de oro”, un nombre que surgió de una curiosa anécdota: una vecina, mientras pastoreaba sus cabras, encontró una pepita de oro con la forma de una mariposa, revelando así la riqueza oculta de la zona. Sus cuatro hijos, dos varones y dos mujeres, residen en la ciudad de Famatina, y May los visita una vez al mes cuando desciende de la montaña para cobrar su jubilación.
El método de extracción de oro que emplea May es una técnica milenaria que utiliza la fuerza de la gravedad y el agua de los ríos. Se enfoca en el «oro fluvial» o «aluvial», que se deposita en los lechos y orillas de los cursos de agua. Este oro reaparece temporada tras temporada, ya que el crecimiento y la modificación del terreno por el río renuevan los depósitos de pequeñas partículas. Es un trabajo que requiere paciencia, esfuerzo físico y un conocimiento íntimo del entorno natural, muy diferente a las grandes explotaciones.
A lo largo de su vida, May no solo ha sido un lavador de oro, sino también un baqueano experimentado, guiando con mulas a quienes se dirigían a la Mina La Mejicana en épocas donde los caminos eran inexistentes. A pesar de no saber leer, su conocimiento del campo, los animales y cada piedra de la montaña es enciclopédico. Confiesa que el oficio es duro y los resultados no siempre están garantizados, dependiendo de la «suerte» para encontrar las codiciadas «chispitas». No obstante, se muestra dispuesto a compartir su saber con las nuevas generaciones que se acercan a aprender este arte casi olvidado.
Fuente original: Clarín
Comentarios