El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, aseguró durante una cena privada en West Palm Beach que su gobierno «tomará el control» de Cuba «casi de inmediato» tras concluir las operaciones en Irán. En su discurso, advirtió que el portaaviones USS Abraham Lincoln podría desplazarse al Caribe, deteniéndose a 100 metros de la costa cubana.
Esta amenaza coincidió con el anuncio de nuevas sanciones contra Cuba, que afectan sectores clave como la energía y la defensa. El secretario de Estado, Marco Rubio, respaldó la postura, acusando a La Habana de facilitar la presencia de servicios de inteligencia de «adversarios» de EE.UU. en el área.
El Senado estadounidense rechazó una propuesta demócrata que buscaba limitar la posibilidad de operaciones militares en la isla. Desde enero, la Casa Blanca ha intensificado la presión mediante un bloqueo petrolero y ha sugerido la necesidad de un cambio de régimen en Cuba.
Trump vinculó directamente la proyección de fuerza del portaaviones -actualmente en el conflicto con Irán- con una resolución rápida de la situación política en Cuba. La administración mantiene una política de «máxima presión», enfocada en debilitar los pilares económicos del país caribeño.
La escalada retórica y las medidas económicas reflejan una estrategia de disuasión directa, pero también plantean interrogantes sobre las consecuencias de un enfrentamiento más abierto entre Washington y La Habana. Mientras EE.UU. endurece su postura, el equilibrio regional y las relaciones diplomáticas se ven sometidas a una prueba sin precedentes.

