Nuestro satélite natural, la Luna, siempre ha sido fuente de misterio y fascinación para la humanidad. Desde tiempos remotos, diversas culturas han consultado su calendario para organizar festividades, labores agrícolas y eventos espirituales, reconociendo su profunda influencia más allá de ser un simple cuerpo celeste que ilumina nuestras noches.
Para aquellos interesados en la observación astronómica, el mes de julio trae consigo dos momentos clave en el ciclo lunar. El martes 7 de julio, la Luna alcanzará su fase de cuarto menguante, mostrándose como una media luna iluminada desde nuestra perspectiva terrestre. En esta etapa, el astro suele aparecer cerca de la medianoche y se oculta al mediodía. Una semana después, el martes 14 de julio, seremos testigos de la Luna Nueva, un fenómeno donde nuestro satélite se posiciona entre la Tierra y el Sol, dejando su cara iluminada completamente oculta para nosotros, lo que la convierte en el momento ideal para contemplar el firmamento oscuro con mayor claridad.
Además de sus fases, la Luna nos depara sorpresas en cuanto a su «clima», aunque este concepto difiere drásticamente de lo que conocemos en la Tierra. A diferencia de nuestro planeta, en la Luna no hay nubes, truenos ni nieve. Su ambiente está caracterizado por oscilaciones extremas de temperatura, el impacto constante de rocas espaciales y la radiación solar y cósmica.
La razón de estas condiciones extremas radica en la ausencia de una atmósfera significativa. La Luna posee una capa de gas extremadamente tenue, conocida como exosfera, que es insuficiente para retener o dispersar la energía solar. Esto genera contrastes térmicos brutales: mientras que en el ecuador lunar las temperaturas pueden escalar hasta los 121 grados centígrados durante el día, por la noche se desploman a unos gélidos -133 grados. En los cráteres polares, permanentemente en sombra, la NASA ha registrado temperaturas aún más bajas, superando los -246 grados centígrados, ofreciendo un panorama realmente inhóspito.
Fuente original: Infobae

