La Patagonia, tierra de desafíos y oportunidades, enfrenta una vez más una situación compleja en su histórica producción ovina. A pesar de las anheladas lluvias que refrescaron los campos, la actividad, motor de la economía regional, lucha por recuperarse de años de sequía y una drástica reducción de sus majadas. La incipiente reaparición de los pastizales naturales renueva la esperanza, pero no disipa la incertidumbre sobre el futuro de un sector que busca resurgir.
César Guatti, ingeniero agrónomo y productor ovino con décadas de experiencia en Río Gallegos, conoce de primera mano los vaivenes de la ganadería patagónica. En su campo, como en gran parte de Santa Cruz, la rentabilidad se divide entre la venta de lana y la de carne. Sin embargo, este delicado equilibrio se ve constantemente amenazado por factores climáticos y comerciales. Las recientes sequías, por ejemplo, impactaron en los kilos de lana obtenidos por animal, aunque la calidad, gracias a técnicas como la esquila preparto, logró mantenerse en buenos niveles. La lana fina, de 16 a 18 micrones, alcanza valores significativamente superiores en el mercado internacional, llegando a cotizar hasta ocho dólares el kilo, mientras que las más gruesas apenas superan los tres dólares.
La diversificación es clave. Mientras el centro y norte de Santa Cruz se inclinan por la producción de lana de alta calidad, el sur provincial prioriza la carne. El cordero liviano patagónico, con apenas 90 días de vida y unos 12 kilos, es un producto muy demandado en la Unión Europea. Los animales adultos, por su parte, encuentran mercado en Brasil y Medio Oriente. Esta estrategia de “jugar a dos puntas” reparte la rentabilidad y ayuda a amortiguar los golpes de un mercado inestable, pero no resuelve el problema de fondo: la caída productiva y el encarecimiento de los costos.
Frente a este panorama, los productores patagónicos apostaron por la integración. En 1999, unos 60 de ellos crearon Estancias de la Patagonia, una sociedad que buscó que los propios criadores participaran directamente en la industrialización y comercialización de sus productos. Esta iniciativa se consolidó con la compra de una segunda planta frigorífica (anteriormente del grupo Benetton), permitiendo a los productores tener mayor control sobre la cadena de valor y acceder a mercados de exportación vitales. Mantener estas relaciones comerciales, aunque no siempre generen grandes ganancias en el corto plazo, es fundamental por el tiempo y el esfuerzo que cuesta construirlas.
Sin embargo, el camino hacia la recuperación no está exento de obstáculos. Un reciente repunte en las exportaciones de carne ovina, lejos de ser un signo de crecimiento, se debió a la liquidación de stock provocada por la sequía. Es decir, se vendieron animales por necesidad, reduciendo el capital productivo de los establecimientos. A esto se suman problemas como los ataques de zorros y pumas, la competencia del guanaco por los pastizales y el aumento constante de los costos en dólares, especialmente el combustible y la logística, que impactan fuertemente en la rentabilidad de los productores pequeños y medianos.
La situación actual remite a otras crisis históricas, como la de los años 90, marcada por la caída del precio internacional de la lana, la convertibilidad y desastres naturales como la erupción del volcán Hudson y la “nevada del siglo”. Hoy, Santa Cruz cuenta con 2,1 millones de cabezas ovinas, un número estabilizado pero aún por debajo de su potencial. La prioridad es fortalecer las unidades productivas existentes, mejorar los indicadores (más kilos de lana por oveja, mayores porcentajes de parición) y adoptar nuevas tecnologías, como la suplementación estratégica en momentos críticos del ciclo productivo, a pesar de los desafíos logísticos que presenta la vasta geografía patagónica.
La clave para el futuro de la producción ovina en la Patagonia no reside solo en vender mejor, sino en producir más y de manera más eficiente. Esto requiere herramientas de financiamiento adecuadas, que consideren los márgenes ajustados y los ciclos productivos largos de la actividad, así como la posibilidad de diversificar con agroturismo o nuevas producciones bajo riego. Solo así se podrá garantizar la sustentabilidad de una industria que es pilar de la identidad y la economía patagónica.
Fuente original: Clarín


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