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Sábado 31 de octubre de 2026
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Darío Sztajnszrajber: ¿Ser feliz es que no duela? La filosofía contra la tiranía de la productividad

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En un diálogo reciente, el reconocido filósofo argentino Darío Sztajnszrajber ofreció una perspectiva reveladora sobre la utilidad de la filosofía en la vida moderna. Según Sztajnszrajber, esta disciplina no solo nos permite tomar distancia de las incesantes demandas cotidianas, sino que también nos libera de la constante presión por la productividad y el rendimiento, que parece dominar cada aspecto de nuestra existencia.

El pensador criticó la obsesión contemporánea por convertir cada acción en una fuente de ganancia o acumulación. «Hay algo en ese rendimiento, esa rentabilidad, donde cada paso que damos tiene que generar algún tipo de acumulación. No la juzgo, pero a mí no me interpela», sostuvo, invitando a cuestionar esta lógica que nos empuja a una vida previsible y utilitaria. Para Sztajnszrajber, cuando la felicidad o el amor se miden en estos términos, algo esencial se pierde en el camino.

Recuperando ideas de antiguos maestros, Sztajnszrajber citó a Epicuro para explorar el concepto de felicidad. El filósofo griego definía este estado como la «ataraxia», la imperturbabilidad del alma. Para Epicuro, lo que más nos perturba son las dependencias –ya sean emocionales o materiales– que nos atan a la ilusión de que las cosas durarán para siempre. En esta línea, Sztajnszrajber resumió la visión epicúrea: «Ser feliz es que no duela», priorizando los placeres mínimos y la huida del sufrimiento.

Sztajnszrajber rechazó la idea de que nuestra existencia deba configurarse bajo la máxima del rendimiento constante. Considera que la vida es demasiado breve para dedicarla exclusivamente a la acumulación de resultados. «Un día nos empezamos a preguntar para qué estamos y, cuando nos damos cuenta, el tiempo en su brevedad se nos termina», reflexionó. En contraposición, propone una «filosofía del escape», que busca reconciliarnos con lo inútil y lo inesperado, abriendo así nuevas perspectivas de libertad.

Finalmente, el filósofo concluyó con una potente metáfora: «Hacer filosofía es rascarse donde no pica». Explicó que el mundo actual establece coordenadas previsibles, donde solo rascamos donde ya nos pica. Salirse de esa previsibilidad, atreverse a cuestionar lo establecido y lo esperado, es para él una de las formas más auténticas de la libertad y una invitación a vivir una vida más plena y consciente.

Fuente original: La Nación

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