A pesar de contar con una extensa costa marítima, Argentina se encuentra en una situación paradójica en cuanto al consumo de mariscos. Platos como las rabas, paellas o fideos con camarones son una rareza en las mesas argentinas, muy por debajo de lo que se ve en países vecinos como Chile y Uruguay. Esta falta de inclusión en la dieta local representa una gran oportunidad perdida, sobre todo si consideramos el alto valor nutricional que estos alimentos ofrecen.

Un estudio reciente, publicado en la prestigiosa revista Nature y realizado por investigadores de la Universidad Rey Abdullah de Ciencia y Tecnología (KAUST) de Arabia Saudita, puso el foco en este tema. La investigación realizó una de las evaluaciones más completas hasta la fecha sobre los nutrientes que aportan los invertebrados acuáticos, que incluyen desde langostinos y camarones hasta calamares y almejas. Los resultados son contundentes: su contribución a la nutrición humana está significativamente subestimada a nivel global.

Según Jessica Zamborain-Mason, autora principal del estudio, la producción actual de invertebrados acuáticos contiene suficiente vitamina B12 y selenio para cubrir las necesidades anuales de más de 5 mil millones de personas. Además, aportan yodo, zinc, cobre y ácidos grasos omega-3 para más de mil millones de personas. Los expertos argentinos Mónica Katz, médica nutricionista, y Sergio Britos, licenciado en nutrición, coinciden en la relevancia de estos hallazgos, señalando que en Argentina el consumo de pescados y mariscos apenas alcanza los 5 a 7 kilos por habitante al año, con los mariscos representando solo un 10% de ese total.

¿Por qué esta disparidad? Los especialistas apuntan a una combinación de factores. En primer lugar, una fuerte barrera cultural: la dieta argentina ha estado históricamente ligada a la ganadería, relegando los productos del mar. Katz lamenta que «nadie se ha preocupado en cambiar la representación cultural de lo que es el marisco en la Argentina». A esto se suma el factor económico: al ser un mercado con poco desarrollo, los precios de los mariscos suelen ser más elevados en comparación con otras carnes, lo que los hace menos accesibles para el bolsillo promedio.

Esta deficiencia en el consumo de mariscos contribuye a lo que los nutricionistas llaman «hambre oculta»: una carencia de vitaminas y minerales esenciales que afecta a gran parte de la población, incluso a quienes no presentan desnutrición visible, sino sobrepeso u obesidad. Los mariscos son una fuente riquísima de estos micronutrientes deficitarios en la dieta argentina, como el calcio, la vitamina D, los omega-3, el hierro y el zinc. Integrarlos en la alimentación, incluso a través de programas escolares, podría ser clave para mejorar la calidad nutricional de la población y aprovechar el potencial de nuestro propio mar.

Fuente original: Clarín