La complejidad de las relaciones afectivas a menudo nos enfrenta a dilemas desconcertantes, especialmente cuando la nostalgia persiste por personas que nos han causado dolor. Esta situación, que genera confusión y culpa en quienes la experimentan y en su entorno, ha sido abordada por la psicóloga Ainhoa Vila, quien desmiente una creencia popular muy arraigada: la idea de que extrañar a alguien que nos lastimó es sinónimo de falta de amor propio.
Vila, en su análisis, rechaza categóricamente la frase “es que no te quieres lo suficiente”, catalogándola como una mentira que victimiza a quien sufre. Su tesis central apunta a un aprendizaje emocional profundamente arraigado en nuestro sistema nervioso, donde el cerebro asocia a la misma persona tanto con el dolor como con su cese, un patrón que denomina “refuerzo intermitente”. Según la experta, lo que verdaderamente se echa de menos no es el cariño o la persona en sí, sino el “alivio” que sigue a periodos de tensión.
La psicóloga describe una situación muy común: a pesar de tener plena conciencia del daño infligido por una relación, de haberlo conversado con amigos y de saber qué consejo dar a otros, la persona afectada aún puede sentir un impulso irrefrenable de volver a buscar esa cercanía. Este conflicto interno suele manifestarse como una mezcla de anhelo y vergüenza, donde la pregunta “¿cómo puedo extrañar a alguien así?” atormenta a quien lo padece. Vila enfatiza que no se trata de una falta de comprensión de la situación, sino de un mecanismo psicológico más profundo.
La clave de su explicación reside en lo que ella llama las relaciones de “frío y calor”. En estas dinámicas, tras días de distancia, silencio o tensión, la reaparición de una muestra de afecto genera una descarga emocional intensa. El sistema nervioso registra este “subidón de alivio enorme”, que se repite una y otra vez. Este patrón constante de tensión seguida de alivio crea un vínculo mucho más potente y adictivo que el de una relación sana, debido precisamente a ese “refuerzo intermitente”. Así, la pregunta fundamental no debería ser “¿por qué le sigo queriendo?”, sino “¿qué parte de mí aprendió que el amor se siente como una montaña rusa sin final?”.
Fuente original: Infobae

