Los progresos en el campo de la inteligencia artificial (IA) han sido motivo de preocupación para los especialistas en tecnología durante mucho tiempo, y ahora esta inquietud se expande entre los ciudadanos. La IA enfrenta una creciente impopularidad en Occidente y su impacto está escalando en la agenda política. Las disputas más intensas se observan en Estados Unidos, donde las protestas contra los centros de datos han paralizado proyectos millonarios y se registran importantes inversiones en campañas electorales vinculadas al debate de la IA. Asimismo, cerca del 40% de los votantes encuestados en EE.UU. manifiesta su deseo de prohibir la IA en la mayoría de los sectores. Sin embargo, este rechazo no se limita a Norteamérica, con conflictos emergentes en otros lugares, como las amenazas de huelga de trabajadores de Samsung en Corea del Sur en busca de compensaciones extraordinarias tras el aumento de beneficios de los fabricantes de chips.
Este rechazo inicial es solo el comienzo, ya que la tecnología misma está en sus primeras etapas. Aunque actualmente la IA ocupa un lugar secundario en la lista de preocupaciones electorales en países como Estados Unidos, se espera que esto cambie drásticamente. Las controversias alrededor de los centros de datos, por ejemplo, revelan la magnitud de las batallas futuras. Estos edificios provocan una hostilidad que va más allá del simple “no en mi patio trasero”; un número significativo de estadounidenses preferiría tener un reactor nuclear antes que un centro de datos. Incluso en el desierto de Utah, la construcción de uno ha generado una fuerte oposición.
La resistencia a la IA se alimenta de la reputación que la propia industria ha cultivado. Durante años, líderes del sector han advertido sobre un inminente “apocalipsis laboral” y el riesgo de que un “supervirus” generado por IA pueda llevar a la extinción humana. Los críticos de los centros de datos, con diversas motivaciones, creen estar protegiendo el ambiente, salvaguardando empleos y, en última instancia, a la especie humana, y no están del todo equivocados en sus preocupaciones. No obstante, esta reacción negativa también encierra un peligro considerable. La IA promete transformar el mundo para bien, de manera similar a cómo lo hicieron la electricidad o la máquina de vapor.
En un pasado no tan lejano, el principal problema en las economías desarrolladas era el estancamiento del crecimiento económico y el populismo derivado. Ahora, disponemos de una tecnología con el potencial de impulsar la productividad, aumentar los ingresos, contribuir a la cura de enfermedades incurables y mejorar áreas tan diversas como la educación y las tecnologías verdes. Todo este potencial podría perderse si los países privan a la IA de la capacidad de cómputo necesaria o la regulan hasta hacerla inviable. Un claro ejemplo es la investigación sobre vacunas de ARNm, que sufrió un freno tras la reacción negativa durante la pandemia de COVID-19.
Resulta igualmente preocupante un escenario donde algunos países ceden ante la presión popular, mientras otros avanzan sin reparos. Si naciones como Estados Unidos retroceden, podrían ceder la vanguardia mundial en IA —y las capacidades cibernéticas y militares asociadas— a potencias como la China autoritaria. Europa y Canadá, por su parte, suelen ser más reacios al riesgo que EE.UU. Si frenaran el desarrollo de la IA mientras el resto del mundo progresa, sus pérdidas podrían ser irrecuperables. La historia de la Revolución Industrial nos enseña que pocos países lograron igualar a los pioneros más de dos siglos después.
Ante lo mucho que está en juego, ¿qué pueden hacer los gobiernos? Las grandes declaraciones sobre un “contrato social” para un mundo post-IA son atractivas en la teoría, pero ofrecen poca ayuda práctica en la actualidad, dada la magnitud de las incógnitas. Es preferible adoptar un enfoque gradual. Inspirándose en el lema de Deng Xiaoping, líder chino durante el veloz crecimiento económico de los años 80 (“cruzar el río tanteando las piedras”), se sugiere avanzar de forma iterativa, anticipando problemas pero manteniendo la flexibilidad. Para gestionar la era de la IA con destreza, se necesitará un espíritu similar.
En este sentido, se proponen cuatro recomendaciones para políticos y empresas de IA. Primero, es crucial distribuir los beneficios de la IA de la manera más amplia posible. Hay que demostrar a quienes se oponen que sus comunidades se beneficiarán si dejan de interponer obstáculos. Las empresas de centros de datos ya están comenzando a ofrecer financiación a localidades cercanas. Este enfoque debe expandirse gradualmente a toda la sociedad, con mecanismos que muestren a la gente su interés económico en el progreso de la IA y que recibirán apoyo para adaptarse a los cambios disruptivos, por ejemplo, mediante seguros salariales. Solo un sentido de prosperidad compartida podrá mitigar la política divisiva de “ganadores y perdedores” que caracterizó la era de la globalización.
En segundo lugar, es fundamental regular con firmeza cuando la intervención sea necesaria. La alarmante perspectiva de ciberataques o bioterrorismo impulsados por la IA aún no se toma con la seriedad que merece. Abordar estas y otras cuestiones es esencial en sí mismo, pero también debilitaría los argumentos a favor de prohibir o frenar la IA de forma indiscriminada. Idealmente, estos esfuerzos deberían contar con cooperación internacional.
En tercer lugar, hay que medirlo todo. La percepción generalizada de que la IA ya está generando despidos masivos y aumentando las facturas de electricidad podría ser errónea, pero sin estadísticas precisas, es difícil confirmarlo. Los centros de datos deben enfrentar las preocupaciones sobre el consumo de agua, un tema a menudo exagerado (los modernos no consumen más que otras industrias, y mucho menos que los campos de golf en Estados Unidos). Los hechos no eliminarán la desinformación, pero su ausencia la agrava. Instituciones como el Instituto de Seguridad de la IA del Reino Unido y el nuevo Instituto de Economía de la IA pueden servir de modelo para otros países.
Finalmente, en cuarto lugar, se debe utilizar la IA para mejorar el Estado. No solo el sector privado puede beneficiarse de la IA para aumentar la productividad. Presentar la declaración de impuestos debería ser un proceso sencillo; los sistemas de salud pública deberían interconectar datos sin problemas y las escuelas deberían experimentar con el aprendizaje impulsado por la IA. Además, la IA puede facilitar a los ciudadanos el seguimiento de las actividades de sus representantes políticos.
La gente se opone menos a una tecnología si esta contribuye al tratamiento contra el cáncer de un ser querido o mejora la educación de sus hijos. Y es más probable que confíen en la capacidad del Estado para supervisar la IA si perciben que el gobierno funciona de manera eficiente. Los votantes tienen razón al interesarse de cerca por cómo la IA podría transformar sus vidas. El futuro será caótico, extraño e impredecible. Convencer a los ciudadanos de que esta disrupción beneficia sus intereses se ha vuelto tan crucial como mejorar los propios modelos de IA. El fracaso en este esfuerzo provocará más conflictos y destruirá enormes oportunidades para la humanidad.
Fuente original: Infobae

