Internacional

100 días de tensión en el Estrecho de Ormuz y su impacto global

10/06/2026 2 min de lectura Por Redacción
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A 100 días del cierre del Estrecho de Ormuz, la interrupción en una de las rutas más críticas del comercio de petróleo y gas ha generado un impacto significativo en los precios globales de energía, fertilizantes y alimentos. Aunque no se ha desencadenado una crisis abierta, el aumento de costos y la incertidumbre persisten, amenazando con convertirse en una presión inflacionaria y un freno al crecimiento económico.

El Estrecho de Ormuz, que concentra alrededor del 35% del comercio marítimo mundial de crudo y una parte clave del transporte de GNL, ha visto su tráfico reducido. Estados Unidos, Israel e Irán se encuentran en el centro de la tensión, mientras países como Argentina buscan aprovechar la oportunidad para potenciar su producción de petróleo en Vaca Muerta.

Según el Banco Mundial, la economía global ha respondido con mecanismos de emergencia, como el uso de inventarios y ajustes en la cadena de suministro. Sin embargo, si la crisis se prolonga, los efectos sobre el abastecimiento, los costos de transporte y la estabilidad financiera podrían ser más graves. En Argentina, el S&P Merval en dólares ha recuperado terreno tras una caída inicial, pero el desafío sigue en aprovechar el auge de los precios internacionales sin comprometer la estabilidad macroeconómica.

El rol de Vaca Muerta como proveedor de petróleo y GNL se ha reforzado, aunque su potencial depende de infraestructura, financiamiento y contratos a largo plazo. Proyectos como VMOS y Argentina LNG son clave para convertir el shock energético en una oportunidad sostenible. Sin embargo, el riesgo persiste en la posibilidad de que los costos de importaciones de GNL y fertilizantes compensen los beneficios exportadores.

Los mercados financieros, aunque mostraron resiliencia inicial, enfrentan el riesgo de una mayor volatilidad si la crisis se prolonga. La reflexión final es clara: el mundo necesita proveedores confiables de energía, pero también políticas estables y una capacidad macroeconómica sólida para transformar desafíos en oportunidades sin sacrificar el crecimiento sostenible.