Durante una reciente exposición en el Rotary Club de Buenos Aires, el Procurador General de la Provincia de Buenos Aires, Julio Conte Grand, ofreció una profunda reflexión sobre la “sexta revolución industrial”. La definió como un proceso de “rehumanización de los sistemas y de los procesos”, subrayando la crucial necesidad de alcanzar “eficiencia sin perder la sensibilidad humana” en un mundo cada vez más mediado por la tecnología.
Esta observación, lejos de ser menor, introduce uno de los debates más significativos de nuestra era. Si bien el progreso se asoció históricamente a la innovación tecnológica y al crecimiento económico, la irrupción de la inteligencia artificial (IA) ha desplazado el foco hacia una pregunta fundamental: ¿cómo preservar la centralidad del ser humano, las instituciones democráticas y el Estado de Derecho en una época donde los sistemas son capaces de procesar vastas cantidades de información, formular recomendaciones y, crecientemente, participar en procesos de decisión?
La historia moderna ha sido moldeada por sucesivas revoluciones industriales. Desde la máquina de vapor que dio origen a la sociedad industrial, pasando por la electricidad y la producción en serie, hasta la informática y la interconexión digital. Sin embargo, la actual sexta revolución, impulsada por la IA generativa, la computación cuántica y la biotecnología avanzada, marca un punto de inflexión. Ya no se trata solo de aumentar la capacidad física o automatizar procesos, sino que la tecnología interviene directamente en funciones tradicionalmente humanas como interpretar, diagnosticar, predecir y decidir. Es el paso de la sociedad de la información a la sociedad de la decisión.
La paradoja es evidente: si en el siglo XX el desafío era acceder a la información, hoy la sobreabundancia es tal que es imposible de procesar individualmente. Aquí es donde la IA entra en juego, no solo almacenando datos, sino ordenándolos, seleccionándolos y jerarquizándolos. Los algoritmos determinan qué contenidos consumimos, qué noticias recibimos e, incluso, influyen cada vez más en nuestras decisiones. La pregunta central ya no es quién posee la información, sino quién controla los mecanismos que la transforman en decisiones, abriendo un vital debate político, jurídico y filosófico.
En este contexto, las ideas de pensadores como José Ortega y Gasset cobran una vigencia extraordinaria. En su “Meditación de la técnica”, Ortega advirtió que la técnica, si bien es una herramienta de liberación, conlleva el riesgo de generar la ilusión de que todos los problemas humanos tienen una solución eficiente, olvidando que la tecnología proporciona medios, pero nunca determina los fines. La IA puede asistir decisiones con una eficiencia asombrosa, analizando millones de datos en segundos, pero carece de conciencia moral, sentido de justicia o comprensión de la dignidad humana, por lo que no puede reemplazar la responsabilidad ética inherente a toda decisión pública.
Ortega también destacó la necesidad de “minorías dirigentes” que asuman mayores responsabilidades. Esta idea resuena en la sexta revolución industrial: a mayor poder tecnológico, mayor la responsabilidad de quienes lo gobiernan. Un paralelo se encuentra en el diálogo entre Joseph Ratzinger y Jürgen Habermas, quienes coincidieron en que las democracias requieren fundamentos éticos que la racionalidad instrumental por sí sola no puede producir. Los algoritmos, expresión de esta racionalidad, son eficaces para problemas técnicos, pero no pueden definir el bien común, los límites del poder o los derechos fundamentales.
Por lo tanto, el verdadero desafío de esta era no es desarrollar algoritmos más avanzados, sino fortalecer nuestras instituciones. El Estado de Derecho, la división de poderes, la independencia judicial y la libertad de expresión son construcciones históricas que exigen defensa permanente. Rehumanizar los sistemas implica recordar que detrás de cada proceso hay una persona con derechos y dignidad. La sexta revolución industrial será juzgada por su capacidad para ampliar la libertad sin destruir la responsabilidad, aumentar la productividad sin sacrificar la justicia y, fundamentalmente, incorporar inteligencia artificial sin relegar la sensibilidad humana. El futuro dependerá de la sabiduría con la que decidamos usar estas herramientas.
Fuente original: Infobae

