Los incendios forestales, un problema recurrente en diversas partes del mundo, no solo devastan ecosistemas sino que también representan una seria amenaza para la salud humana, incluso a kilómetros de distancia de los focos. Expertos en neumología advierten que el humo de estos siniestros deteriora significativamente la calidad del aire que respiramos, con niveles de partículas muy superiores a los recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Esta contaminación no solo se percibe por el olor a quemado o la neblina, sino que indica un riesgo inminente para el organismo.
Los grupos más vulnerables a esta mala calidad del aire son los niños, las personas mayores y las mujeres embarazadas, quienes pueden enfrentar complicaciones como partos prematuros o bebés con bajo peso. Particularmente críticos son los casos de pacientes con enfermedades respiratorias crónicas como asma o EPOC, ya que la exposición al humo puede descompensar gravemente su condición, requiriendo internación y aumentando el riesgo de mortalidad. Por eso, es fundamental que estos pacientes tengan siempre a mano su medicación habitual y adicional.
Los efectos del humo van más allá de la irritación inmediata. A corto plazo, pueden presentarse síntomas como tos, irritación de garganta y ojos llorosos. Sin embargo, una exposición prolongada o muy intensa puede generar dificultades respiratorias, malestar en el pecho e incluso mareos, señal de que las vías respiratorias se están cerrando y se necesita asistencia médica urgente. A mediano y largo plazo, las consecuencias son aún más preocupantes: el humo aumenta notablemente el riesgo de sufrir infartos, accidentes cerebrovasculares (ACV) e infecciones respiratorias. Se ha comprobado que, en zonas expuestas, los casos de gripe pueden multiplicarse hasta por cinco en el invierno siguiente. Además, la función pulmonar puede verse afectada por años y, en exposiciones intensas, se ha asociado con un aumento del riesgo de cáncer de pulmón, ya que muchas de las sustancias liberadas son carcinógenas.
Para minimizar estos riesgos, las recomendaciones son claras: permanecer en ambientes interiores con puertas y ventanas cerradas. Si se cuenta con aire acondicionado, usarlo en modo de recirculación para evitar la entrada de aire contaminado. Es crucial evitar cualquier tipo de ejercicio físico al aire libre, ya que esto incrementa la cantidad de partículas inhaladas. Si es indispensable salir, se aconseja el uso de mascarillas filtrantes como las FFP2 o FFP3, ya que las quirúrgicas no ofrecen la protección necesaria contra las partículas finas y los gases tóxicos presentes en el humo. Es fundamental seguir siempre las indicaciones de las autoridades sanitarias locales.
Fuente original: Infobae

